jueves, 22 de enero de 2009

Minerva

15

13.01.09


Acabo de abrir el periódico y me hallo con la monstruosa noticia de los últimos tiempos que nos han tocado vivir: las guerras siguen vivas a costa de las muertes, la economía mundial va de mal en peor, la Justicia parece no serlo porque las leyes se desmoronan y se mal emplean por aplicarlas según conveniencias particulares y gremiales (no se perciben criterios de legalidad), la enseñanza fracasa y los docentes andan despistados tras la inmensa cantidad de cambios y adaptaciones que se les vienen aplicando, la anarquía se globaliza, los valores se ignoran y prevalecen los caprichos y las conveniencias, el hambre y la enfermedad afectan cada día a más países y a más seres humanos, se cuestiona la existencia de Dios y de la necesidad de creer en Él…

No entiendo bien lo que está ocurriendo, Minerva, pero deseo entenderlo para ir explicándote la importancia de los valores humanos, de la ley natural, del sentido común, de la necesidad de vivir y pensar con calidad, de la trascendencia de una buena convivencia (familiar, escolar, social) con nuestro semejantes (sin que importen el origen, la raza, la condición, la lengua, el sexo) y con nuestro medio ambiente (del que dependen nuestra vida, nuestra evolución y nuestro futuro), de lo imprescindible que es formarnos y adquirir conocimiento para equilibrar el presente y proyectar el futuro sobre cimientos sólidos, del valor de la familia y de la amistad, de lo fundamental y frágil que es nuestro equilibrio espiritual para mirar al porvenir con esperanza y alegría… Etcétera.

Ya sé que son muchas cosas, y muy serias, mi niña, para que las puedas comprender ahora, ya lo sé pero, mira, casi todas se reducen a unas pocas frases o principios, como “ámate y respétate, para que te amen y te respeten”, “no quieras para nadie lo que no quisieras para ti”, “ama a tu familia, a tus amigos, como a ti misma, porque en la misma medida te sentirás más amada”, “es muy hermoso que a uno le quieran, pero antes tiene que haber sembrado amor a espuertas, por mera justicia”, “sé justa con los que te enseñaron el sentimiento del amor, pues te aman desde antes de nacer y te sirvieron de referencia desde el primer momento que abriste tus ojitos al mundo”. ¿Ves, mi niña, como la palabra “amor” es una de las más importantes palabras que puedas utilizar?

Pero, ¿qué es el amor?, podrías preguntarme. Para ser honesto y sincero contigo, a pesar de todo lo que te he dicho hasta ahora, debo confesarte que no sé lo que es, pero, sin embargo, puedo asegurarte que sí que lo siento y lo practico como si conociese la respuesta. Pues, si no, ¿cómo es que te quiero tanto y tú sientes que lo hago con tanto amor?, ¿cómo es que tu madre y yo podemos estar tan unidos, y contigo, si no hubiese amor entre nosotros?, ¿qué es lo que os hace sentir tan integrados a ti y a tus hermanos, si no es el amor que sentís?, ¿y qué decir de tus abuelos?...

Por tanto, creo que al amor puede definirlo cada uno tal y como perciba ese sentimiento, es decir, que puede haber una respuesta diferente por cada persona que intente precisarlo, y siempre será válido el dictamen que haga. Algún día también conoceremos la tuya, tu definición, Minerva, seguro.

Mas, si me exigieras que yo matizase más, podría decirte que amar es darse, escuchar y compartir; que amar es pensar en los otros sin compasión y apasionamiento pero con justicia; que amor es mirar y ver con los ojos de los otros; que amor es acostarse con la conciencia tranquila; amor es no aguardar nada a cambio de amor, pero es satisfacción cuando por amor se nos da algo que nos conmueva; amor es pedir para el que nada tiene y es luchar para que obtenga beneficio; amor es contar un cuento al insomne o a aquel al que se le agotaron los sueños; amor es hablar de esperanza a los desesperados; amor es hacer felices a los tristes; amor es susurrar al que grita, para sosegarlo; amor es intentar aliviar la angustia y el dolor al que sufre; amor es compartir tanto las alegrías como las penas; amor es compartir las soledades y los deterioros que provoca la edad, con paciencia; amor es hablar de futuro a aquel que tiró la toalla ante las vicisitudes de la vida; amor es renunciar a un juguete para dárselo al niño que no los tiene; amor es compartir el bocadillo; amor es compartir los conocimientos…

¿Qué sugerencia te serviría?... Pienso que todas son buenas y válidas, incluidas aquellas otras muchas que se ocultan detrás de los puntos suspensivos.

Te quiero mucho, mi niña, de verdad, con todo el amor que me cabe en mis alforjas.

Minerva

14

12.01.09

Han transcurrido casi dos meses desde mi última anotación en tu diario, mi niña. La verdad es que lo he tenido muy difícil; han sido muchas las causas: mi viaje a San Francisco, California, para asistir a un congreso internacional de mi especialidad, las fiestas navideñas y de fin de año – que tanto significado tuvieron para mi, pero que han dejado de tenerlo desde hace mucho tiempo, hasta para anularles las mayúsculas en su enunciado – tan feas este año, pues nos las hemos pasado toda la familia (tú, tan malita) encerrados y en cama por causa de la gripe y su recaída, durante varias semanas; el intenso frío que nos privó de cualquier otra actividad, las visitas de cortesía de familiares y amigos, etcétera…

Al fin, ya más o menos estabilizados, vuelvo a ponerme ante tu blog e intento referir lo que va ocurriendo con nosotros.

El caso es que tú has evolucionado tanto, has crecido tanto, has madurado tanto, que ya no pareces la pequeña que se ha quedado en la última entrada de tu diario. Te despachas, hablando, que es un primor; te has vuelto parlanchina, sigues siendo terriblemente sociable, más alegre y juguetona, con más inventiva para los juegos y con un lenguaje mucho más enriquecido. A veces no te comprendemos, sin embargo, pero eres tan perspicaz, que te esfuerzas para hacerte entender; una vez que lo logramos, nosotros vamos aprendiendo tus palabras nuevas, que ya son muchísimas, y cada día nos sorprendes con alguna; cuando eso se consigue, tú te alegras y lo celebras con risas y aplausos, y nosotros nos sentimos llenos de gozo porque cada vez se afianza más la comunicación en nuestra familia. Tanto es así, que mami, cada vez que viene a casa en el fin de semana, dice que te nota diferente, más adelantada en todo lo que haces y dices; ella te percibe llena de nuevas habilidades. En una palabra: sigues haciéndonos sentir felices porque también a ti te vemos feliz; tus hermanos y tus abuelos también lo dicen.

Habéis tenido, este mes, tú y tu hermano Teto (Alberto) la oportunidad de compartir horas y juegos juntos, en el intervalo transcurrido entre su regreso de Sao Paulo (Brasil) y su marcha a Carolina del Norte (EEUU), para incorporarse a su cátedra. También os hemos disfrutado nosotros, viendo cómo crecía vuestra compenetración y complicidad; a pesar de permanecer tanto tiempo lejos a lo largo del año, lo aceptas como natural y no le rehuyes, al contrario, le demandas y le llamas con cariño, como si a diario conviviese contigo; debe ser cierto lo de la fuerza de la sangre. No vemos diferencia en tu comportamiento con él y con Dami, que te visita casi a diario o te llama asiduamente por teléfono (te encanta). Buscas en ellos diferentes respuestas, les haces distintas manifestaciones de afecto y les conquistas de modo particular, lo que significa que les diferencias muy bien y que les aceptas, indistintamente; es una suerte, y muestra de una inteligencia muy especial por tu parte; eres una coqueta. Les quieres por igual.

Ojalá pronto puedas compartir el mismo afecto con tu sobrinita, un mes más joven que tú, y a la que no has tenido oportunidad de ver desde hace casi un año; seguro que te acuerdas de ella, porque la reconoces muy bien por las fotografías; estoy seguro de que os llevaréis estupendamente y que llegaréis a ser cómplices y confidentes. Ella es más pausada que tú; tú eres más inquieta, más fedello; así os complementaréis.

Acabas de acercarte a mi con un juguete musical, al que te has aficionado, y me has dicho: “no tene pilas”. Te muestro que sí las tiene, pero que debes apretar un “botón” para hacerlo funcionar. Tú me miraste, me levantase el jersey y apretaste con tu dedito mi pequeña hernia umbilical, que tanta gracia te hace, y me dijiste: “¿ tú tenes pilas, papi?”.

¡Eres sorprendente, mi amor! Papi tiene siempre puestas las pilas para ti, Minerva; espero que duren mucho y, si no, avísame para que las renueve, ¿ te parece bien?.




domingo, 14 de diciembre de 2008

Minerva

13

21 / 11 / 08

A veces te me quedas mirando, Minerva, como esperando que yo te diga algo concreto que tú deseas de un modo especial. Si mi silencio se prolonga, te disgustas y me dices “¡Papi, papi!...”, tirando de mi mano o de la pierna de mis pantalones. Me parece delicioso porque, si quieres que yo te corresponda con algo, me ofreces tus morritos para que yo te dé un piquito, mas si sólo quieres que yo me mueva y vaya contigo, no me ofreces el beso pero dices “Men!” (“ven!”), te me adelantas y miras hacia atrás para comprobar que yo te sigo, como si fuese nuestra perrita Caña; si me demoro, me ofreces las palmas de tus manos, agitas tus deditos y dices “Mamos, papi”, y si la demora es algo más larga de lo que tú esperas, pones las manos en jarras y me dices, como enfadada, “Uyyy, papi, uyyy”. Cuando, una vez superadas esas fases yo te obedezco, tú bates palmas como si de un premio se tratase y me sonríes, satisfecha. Pero lo que no sabes es que, realmente, el observarte así, haciéndome yo el remolón para luego seguirte, es un premio, pero para mí, chiquitina; yo soy el premiado

Hoy has estado muy graciosa cuando me pediste, una vez más, que te refiriese el cuento de los animales de la granja. ¡Los conoces a todos! Quise confundirte cuando intenté colarte un pajarito por el gallo o la rana por la tortuga, pero tú me corregiste cada vez; es evidente que ya no tragas con ruedas de molino. Ya sabes cómo ser tú misma.

Por eso quiero contarte, para corresponderte, el cuento del niño y el baúl de los disfraces. ¿Te parece? Pues vamos allá.

Érase, una vez, un niño, Belarmino, cuyo abuelo había sido payaso en un circo ambulante; al abuelo le llamaban “El Desco” (El Desconocido), porque no decía jamás su nombre; siempre parecía estar actuando, pues incluso en su vida diaria llevaba una roja nariz postiza, un sobrero de un verde exagerado y de tamaño diminuto, colocado al desgaire sobre su calva inmensa, y unos zapatos grandes, como para no caerse aunque se durmiera de pie; lucía una enorme sonrisa artificial que le cruzaba su cara redonda, de uno a otro lado, aparentando un balancín blanco chillón que le colgase de las orejas; por esta razón también le apodaban “El Columpio”. Su estrecha pelambrera de franciscano se le erizaba en las sienes y en la nuca, a modo de ridículo penacho, que le rodeaba el cráneo como una diadema horizontal, teñido de chillón color amarillo zanahoria.

Solía emplear una coletilla en sus espectáculos, y era “Esto es un descoco” – era lo único que acostumbraba a decir - pues se reía de sí mismo resumiendo sus motes; a la vez, movía agitadamente sus manos como si redoblase un tambor invisible cada vez que simulaba decir algo. Se decía que se pintaba aquella sonrisa escandalosa porque su alma estaba muy triste. Era un buen músico y tocaba un bandoneón que extendía y recogía haciendo verdaderas filigranas con el fuelle. Sorprendentemente, sus melodías solían ser alegres y estimulaba a los niños a participar en el ritmo, que marcaba con su cabeza y con los pies calzados en aquellos zapatos desportillados.

Cuando iniciaba su número, se hacía un silencio grande, más grande aún con su silencio pues, como sabes, sólo gesticulaba; lo que se suponían risas podrían ser gemidos; abría y cerraba la boca, como si cantase, a la par que su concertina se estremecía en sus manos.

Su traje estaba plagado de remiendos y adornos brillantes de diversos colores que refulgían como estrellas cuando le iluminaba la luz del cañón.

La verdad es que el público disfrutaba y todavía le recuerdan.

Belarmino, hijo de los malabaristas, era taciturno, tímido, diría yo. No solía participar en juegos con los amigos, pues estaba convencido de que siempre desentonaba. Sólo se sentía pleno cuando pensaba en su abuelo, ya desaparecido, al que adoraba. Creía no ser capaz de mantener una conversación convencional. Por eso tendía a aislarse en su propio mundo y en el de los animales. Sin embargo leía mucho sobre temas diversos y sabía muchas cosas.

Hasta que, un buen día, se encontró frente a una niña de más o menos su edad, en la que nunca había reparado y se enamoró locamente de ella. ¿Qué puedo hacer?, se preguntaba, y nunca hallaba una respuesta óptima a causa de su poquedad. Observó que a ella le gustaban los muñecos y las marionetas, y asistía a todas las sesiones que, para los niños del circo, desarrollaban los mayores detrás de la gran carpa rayada. Sus miradas se cruzaron varias veces y ella le sonreía.

Cada vez que ocurría un encuentro ente ellos, Belarmino, incrédulo, se ponía nervioso, se sonrojaba y se prometió cambiar para no dejar de sentir aquel guiño casi milagroso e inesperado. Así es que decidió convertirse en muñeco, en polichinela, para conquistarla, pues no se sentía capaz de seguirla volando cuando ella actuaba o ensayaba en el trapecio con sus padres. Se fue al remolque de la caravana de la familia en busca del viejo arcón del payaso.

Sacó todos los disfraces del baúl, los ordenó cuidadosamente, desempolvándolos y se los fue probando uno a uno, haciendo diferentes combinaciones para no repetirse cuando los vistiera. También probó los mejunjes y la bola de las narices, inventándose diferentes modos de pintarse el rostro para crear expresiones, a cada cual más extravagante.

A partir de aquel momento, cada vez que preveía coincidir con la niña, Belarmino procuraba lucir un atuendo diferente y una máscara distinta. Muy ufano y valiente, se atrevió, desde el primer momento, a aproximarse a la chica y hablarle pero, para su sorpresa, la niña le rechazaba continuamente y ya no había vuelto a sonreírle.

Desconcertado por aquel cambio de actitud, le preguntó por qué le rechazaba y no le miraba con el mismo afecto. Y ella le contestó algo que le dejó perplejo: “Porque tú no eres el niño que yo conocía y que tanto me gustaba; es que no se quién eres ni qué quieres aparentar”.

¿Puedes imaginarte, mi niña, la tremenda decepción de Belarmino y la sensación de fracaso y de tristeza que le invadieron el alma? ¿Y las de la niña, que tal vez sintiese cómo se le había ido una hermosa ilusión tras un disfraz inoportuno?

Piensa, cuando llegue seas mayorcita, en este relato, y te darás cuenta de lo importante que es que procures siempre ser tú misma en cada circunstancia, y manifestarte tal pienses, sin engaños ni disfraces, para que los demás podamos apreciar tu valía como ser humano y como persona. Sí es cierto que a veces has de ser prudente y contar hasta diez antes de manifestarte, pero si procuras estar siempre de acuerdo con tus principios y con lo que te dicte tu conciencia no habrás de temer al fracaso ni al error; y, si te equivocas, siempre estarás a tiempo de pedir perdón y enmendarte. Para no defraudarte a ti misma, no disfraces tus intenciones ni tus palabras; los demás no te rehuirán si tú no les pones trabas y, si a pesar de todo lo hacen, no te sientas mal, tal vez sean ellos los que tienen problemas de inteligencia. De ese modo, si eres sincera y respetuosa, lograrás que los demás, a los cuales importes, te consideren del mismo modo y te correspondan como te mereces: con afecto, deferencia y comprensión. No es necesario mentir para conseguir los fines buenos, mi vida.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Minerva

12

19 / 11 / 08

Desde los tres últimos días te has venido encontrando nerviosa porque tu mantita (la “pantan”, como la llamas), tu talismán, se quedó olvidada en el coche de mami, y tu mami se fue lejos con ella, sin saber que se la llevaba.

Nos es difícil entender qué extraño efecto te produce la manta para inducirte paz, serenidad y confianza. Desde que la has echado en falta has dejado de dormir, te impresiona la oscuridad y lloras a moco tendido; llegaste a preocuparnos, pues pensamos que te estaba ocurriendo algo muy malo; nos tranquilizaba, sin embargo, ver que comías bien, que no tenías fiebre, ni catarro, ni tos, ni signos de dolor, ni alteraciones del ritmo intestinal, ni alucinaciones; todo el cuadro comenzaba cuando te correspondía irte a dormir, así de día como de noche, para mantener el ritmo de sueño y reposo al que estás habituada, y cesaba sólo con tu agotamiento físico, pero después de mantenernos a tu abuela y a mí en vela durante gran parte de la noche y en alerta a la madrugada y durante el día.

Llegamos a pensar que tenías una fobia al sueño, a la soledad, a la ausencia de mami, a la oscuridad, a determinados ruidos, ¡qué sé yo!

Mi niña, ¡es que los adultos somos muy necios! porque pensamos que los pequeñines no sentís de modo acertado y que, sin embargo - mira qué contradicción - vuestra capacidad de entendimiento es similar a la de los maduros. La verdad es que no solemos tener en cuenta, cuando nos angustiamos, lo que habitualmente debemos hacemos para que nos entendáis y colaboréis: descender a vuestro nivel y hablaros como si fuésemos niños, haciendo monerías y payasadas, arrastrándanos por el suelo, y montando mojigangas para arrancaros una sonrisa. Además, de modo habitual y acertado, siempre solemos ofreceros juguetes u objetos que llamen vuestra atención para, así, salirnos con la nuestra sin que os duela.

¡Y nada de todo esto hemos considerado, por mentira que te parezca!

Quiero decir que, si fuésemos un poco más avispados e inteligentes, acertaríamos más acerca de nuestra forma de actuar y reaccionar. No, pues no es así, nos vamos por los cerros de Úbeda y diagnosticamos una fobia donde sólo se manifiesta un sentimiento de falta, de ausencia de algo fundamental para el pequeño: ¡su chiche! ¿Por qué seremos tan poco coherentes y lógicos? Tú nos estabas indicando, con tu llanto, con tus gritos, algo muy básico y que nosotros no supimos interpretar en medio del jaleo que estabas armando: ¡algo faltaba a tu tacto, a tu contacto!

¿Te das ahora cuenta de lo importante que es tactar, tocar, acariciar, tal como te decía días atrás? Te estaban faltando las caricias de algo inanimado que, para ti, es capital para consolarte: tu manta de siempre, la que tiene emanaciones vivificantes que sólo tú captas, con la que te confortas, con la que te relajas, la que te induce el sueño.

Nosotros no supimos entenderte y te estábamos aplicando las deducciones de nuestra propia ignorancia y desespero. No supimos reparar en que cuando tú abrazas tu manta enseguida dices “ a mumí” y tú, solita, te diriges a la cuna, mientras que en estos tres días no lo habías dicho ni una sola vez, ni siquiera al darte otra mantita sustituta que la abuela te compró, aunque la suavidad de ésta fuese idéntica a la de que te faltaba. ¡Faltaba la tuya, y ya está!

Puede ser que ya empieces a distinguir los colores; de que distingues los dibujos y las siluetas no nos ha quedado duda ninguna; de hecho, la manta que faltaba es blanca con figuras de animales y la recién comprada es blanca y rosa con dibujos lineales.

Nos han quedado claras varias cuestiones con este suceso: que distingues algunos colores, que diferencias los dibujos, que notas los contrastes por el tacto, que sabes lo que quieres y que conoces un modo efectivo de demandarlo y exigirlo. ¡No está nada mal!.

Ha tenido que regresar mami de su viaje para traernos la pantán, para que todo se arreglase, pues la vida en casa, desde entonces, se ha normalizado, tú has vuelto a ser la niña encantadora que fuiste desde que naciste, y nosotros nos sentimos abochornados por nuestra ineptitud; pero, bueno, así nos has dado una lección que procuraremos no olvidar: debemos aprender a recapacitar antes de decidir, pues el nerviosismo y la prisa son malos consejeros para relacionarnos con los niños.

Después de todo, es admirable observar cómo vas evolucionando, mi niña.

Minerva

11

15 / 11 / 08

Veo que ya sabes cuándo algo te gusta y cuándo no. ¿De verdad te estás fijando en qué importante es tener en cuenta las cosas nuestras, las de uno, y saber distinguirlas de las demás? Es bueno reconocerlas y seleccionarlas, entre otras, por dos razones: la primera, porque ya tienes conocimiento del yo, de tu yo y, la segunda, porque podrás valorar lo que es confiar en algo o en alguien.

Lo del yo es tan importante que unos hombres sabios consideraron, desde siempre, que el concepto del yo era sólo patrimonio del hombre, es decir, una de las señas de identidad más importantes del ser humano, que no poseen el resto de los animales (no digo de los vegetales, como seres vivos que son, porque muy poco o nada sabemos de su modo de sentir, si es que en su caso puede hablarse de sentimientos), seña, decía, a la que denominaron su mismidad; quiere ello decir que cada uno de nosotros sólo puede ser él mismo y no otro, ¿entiendes?: somos intransferibles.

Y dijeron más: que como el hombre era una creación directa de Dios, a su imagen y semejanza, tal privilegio del hombre era un atributo divino; a su vez, como la mujer fue creada a partir de una costilla del primer hombre (a él lo llamaron Adán y a ella, la primera mujer, Eva), también ella era fruto del mismo acto creativo. Es un relato muy hermoso de un libro de la Biblia, el primero de la colección de textos sagrados, aseguran que inspirados por Dios a sus autores, que constituyen el libro solemne de los judíos y los cristianos, llamado Génesis, es decir, “Origen”.

Te hablo de esta teoría, y no de otras, por ser ésta la que más de cerca vivirás en el futuro, seguramente – nuestra sociedad es extremadamente conservadora, como irás viendo -; las demás doctrinas también tienen su chispa imaginativa y tal vez una poética idéntica; yo considero que ninguna es mala, y que todas pueden sensibilizar al que las escuche, pero hemos de elegir una, necesariamente, para nuestra tranquilidad espiritual, o bien renunciar a todas; yo estoy convencido de que nadie es capaz de vivir con y en el vacío espiritual, pues siempre estamos buscando algo que nos vivifique.

En cuanto puedas razonar con fluidez, te encontrarás con una paradoja (¡hay muchísimas!), la más elemental, y es que ¡tanto el hombre como la mujer tenemos el mismo número de costillas: veinticuatro, doce a la derecha y doce a la izquierda! Entonces, pensarás, seguramente, o el hombre tenía al principio veinticinco costillas y la mujer veintitrés, o no es explicable, a la vista de nuestros conocimientos actuales, tal fenómeno creativo. Sin embargo, y como norma para el futuro, debes tener siempre en cuenta, mi niña, que en la Obra de Dios no caben errores, porque todo lo que Él ha creado ha de ser, y es, perfecto; así que ha de haber alguna explicación para todo esto, pero yo no puedo aclarártela, partiendo siempre, necesariamente, de que Dios existe, sea cuál sea su identidad.

A lo largo del tiempo irás comprobando que mis conocimientos adolecen de muchos agujeros y muchas lagunas, pero yo pondré toda mi voluntad en informarme (lo vengo haciendo desde que era muy niño) para ir descifrándotelos, en la medida de lo posible; espero me perdones cuando me atasque, como ahora. Tal vez tengamos que pedir ayuda muchas veces, porque pedir ayuda - esta es otra idea que debes valorar siempre - no nos envilece sino que nos enaltece; por tanto, no debemos tener vergüenza de nuestras limitaciones si queremos aprender un poco más cada vez, pues siempre habrá alguien que sabe mucho más que nosotros. Otro día te hablaré de la humildad y la soberbia, que no deben confundirse con el sometimiento ni con la timidez o el respeto.

Aunque ahora sea muy prematuro para ti, te contaré otra historia. Verás, hay otros sabios que dicen que dicho concepto del yo no es un atributo exclusivo del hombre, porque descubrieron que el chimpancé tiene la misma capacidad que el hombre para identificarse a sí mismo y a los de su raza si se le deja mirarse en un espejo o si ve fotografías de sus congéneres o de sí mismo; tú has logrado identificarte desde el primer día que te miraste en un espejo y cuando empezase a balbucear ya te llamabas “nené” a ti misma, al observarte; sin embargo, los chimpancés más inteligentes tardan más tiempo y suelen asustarse mucho cuando se ven a sí mismos por vez primera, aunque luego lleguen a habituarse, poco a poco.

Así que, al menos hasta ahora, como ves, ya somos dos especies las que tenemos tal facultad: los chimpancés y nosotros.

Para complicarlo más, otros sabios son capaces de desmenuzar a los seres vivos y penetrarlos y hurgar en las más profundas intimidades de sus células (que son las pequeñas entidades con vida propia de los que están constituidos los seres vivos, ¡pero no los más pequeños, no creas!) y llegaron a demostrar que entre el chimpancé y el hombre había más parecidos que diferencias, pues el 98 o 99 % de las cadenas del ADN eran iguales en ambos. O, lo que es lo mismo, que sólo el 1 a 2 % de los genes que constituyen el ADN marcan la diferencia entre los chimpancés y los hombres; es decir, que Dios parece que ha hecho un solo molde para los dos pero que, para diferenciarnos, o arrancó un cachito del ADN a los chimpancés para pegárnoslo a nosotros, o nos creó iguales a ambos y nos premió a los humanos con un extra de genes de los que privó a los chimpancés. Podríamos haceros la pregunta: ¿realmente Dios tiene el 98 o 99 % idéntico al chimpancé y sólo un 1 o 2 % similar al hombre?

Puedo adelantarte que los chimpancés no son monos, sino un “grandes simios”, como el gorila y el orangután, lo cual es muy diferente.

Pero tal vez todo sea más sencillo y llegaremos a entender, algún día, que el hombre y el chimpancé proceden de cunas diferentes, por lo que su futuro ha de ser diferente, en consecuencia; por tanto, la búsqueda de lo que los científicos llaman el eslabón perdido, que demostraría que el hombre procede de los monos, no tendría sentido, porque tal eslabón no existió nunca; ¿o sí, en una fase más primitiva de la evolución, como dirían los evolucionistas, en contra de los creacionistas? Es decir, que los creacionistas piensan que los monos y los hombres no son primos, sino especies diferentes; de hecho, nunca han podido mezclarse entre sí, como ocurre con la mayoría de las especies de animales (sólo en raros casos se ha logrado de forma natural), es decir, no puede concebirse a un mono-hombre ni a un hombre-mono. Tampoco sabemos si ese presunto más remoto origen común habrá podido existir alguna vez. Hasta hoy la ciencia no ha aportado más que datos contradictorios; y aunque los científicos siguen buscando y excavando, en su afán por saber más, quizás Dios no les permita jamás el hallazgo de esa posible conexión, sencillamente porque no ha existido nunca; ¿o sí?.

Hay algo de lo que todavía no te hablado, pero lo haré, para complementar lo que te he dicho hoy, en el momento oportuno: te hablaré del alma.

De cualquier modo, mi niña, yo sé que eres humana e idéntica a tu mamá y a mí, que llevas la mitad de los genes de cada uno de nosotros, que nos vas copiando gestos, miradas, actitudes, que poco a poco te vas forjando una personalidad, que será única, tuya y exclusiva, que irás conquistando poco a poco tu entorno y dándole, a la vez, mucho de ti, para conformarlo y que te conforme para así completar tus particularidades o singularidades, que son lo mismo pero que te harán propia y original. Progresivamente te irás forjando ese yo del que te hablaba e irás ganando confianza en ti misma y en lo que tu conciencia, todavía incipiente, te indique que será bueno o no tan conveniente para ti. Si eliges bien y aciertas con la opción oportuna, serás feliz y nos harás felices a todos; pero si te equivocas, no te angusties nunca, pues del error que se corrige procede gran parte del conocimiento humano, que sale especialmente reforzado por haber sufrido las consecuencias de ese mismo error. Alguna vez te dirán que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra; por experiencia podemos asegurarte que es totalmente cierto y casi, diría yo, necesario, para que las enmiendas se puedan realizar pronto o te puedas prevenir de los fallos posibles. Además, aquí estaremos, siempre que podamos, tu madre y yo, además de tus hermanos, ¿de acuerdo?.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Minerva

10

13 / 11 / 08

¡Ya sabes dar abrazos! No importa que los ofrezcas como respuesta a otro estímulo no compatible. Lo importante es que ya conoces el valor de un achuchón. Si tú supieras lo bien que me saben… Y más importante, todavía: ya empiezas a valorar el contenido de los míos, porque empiezas a buscarlos.

Verás: hay varios gestos en el ser humano que son fundamentales para una relación afectuosa, sobre todo si son compartidos y realizados sin meter mucho la razón por el medio. Son: los besos, los abrazos y las caricias. Fíjate, recuérdalo, que te estoy hablando de tocar, de tactar, de palpar, de contactar, de rozar; el ver, oir, oler, gustar, son otra cosa complementaria, aunque también muy importantes, claro. Hoy te hablo sólo de sentir por el tacto, tan importante cuando las otras demás cosas importantes están mermadas o estamos a oscuras, por ejemplo.

A veces se utilizan, también, como moneda de cambio, aunque no se sepas el significado de lo de “moneda de cambio”. ¿Te fijas que cuando quieres algo y me lo pides, o si yo te digo que no puede ser y tú lo deseas mucho, me dices “papi” y me ofreces tus morritos (me refiero al “beso de morrete”) o me acercas tu frente a mi cara y me dices “hummm” (tú lo entiendes como “dar un mimiño”), estás negociando conmigo el que yo me ablande y ceda a tu demanda? Aunque no siempre lo consigues, tú insistes, cada vez que se te ocurre, tercamente, como si supieras que insistir es lograr y lograr es el triunfo. Me recuerdas a alguien cuando actúas así. Pero yo me lo paso muy bien contigo, porque valoro tu progreso en el empleo de los sentimientos, y casi siempre acepto tu besiño o tu abrazo, y te premio. A veces, te chocará porque cambio el objeto de tus deseos; la razón, pequeniña, es que no siempre puedo darte lo que me pides, por no ser conveniente para ti, cuando hay otras muchas cosas buenas que también pueden satisfacerte y no contradicen la responsabilidad que tengo en enseñarte. Al fin y al cabo, de ese modo tan sutil consigo que tú no te vuelvas caprichosa y yo me convenzo de que hago lo correcto. Espero que me entiendas; lo mismo hacía tu amiga “Caña” con sus cachorritos, ¿sabes?; porque, al fin y a la postre, tú eres mi cachorrito precioso, pero un cachorrito humano que posee una interesante propiedad sobre los animalitos que tanto te gustan: que tienes una inteligencia superior y una razón que se está formando día a día.

Cuando te estabas desarrollando en el vientre de mami, aquel nido cálido y protegido del que, al nacer, perdemos casi todos el recuerdo, y te movías y revolvías para decirnos que estabas allí, yo anhelaba verte, no por tu físico, que ya me lo imaginaba, sino por el desarrollo de tu cerebro, como queriendo controlar el ensamblaje de tus neuronas y la limpieza de tus sinapsis, la coordinación de tus movimientos… Bueno, me estoy pasando; defecto profesional (“¡qué rollo patatero, papi!", dirías tú). Quiero decirte, simplemente, que mi gran preocupación era saber que te estabas desarrollando de una forma normal, como ha resultado ser, gracias e ese Ser superior del que poco a poco te iré hablando; si a eso le añadimos la belleza de la que has venido dotada, pues mejor que mejor, todos felices.

Por el tacto has llegado a sentir los latidos de mami cuando tuviste tu primer contacto con este mundo nuestro, y por él has llegado a distinguirnos de los demás que te aguardaban; si vieras la sorpresa que le diste a mamá cuando buscaste con tus labios el pezón que te ofrecía para mamar, y como sintió tu primera succión, te morirías de risa. Nunca supo decirme lo que realmente significó para ella aquel bautizo, pero lo recuerda como algo extraordinario y bonito.

Por el tacto has llegado también a conocer a Caña, y ella te aceptó desde el primer momento como un miembro nuevo de nuestra pequeña familia. Le gustan tus mimos, consiente que le toques las orejas y el rabo, cosa que a nadie más consiente sin huir o sin ladrar, porque sabe que, luego, le darás una caricia. En tu caso podemos asegurar que la perrita nunca se ha sentido celosa, tal vez porque nunca la hemos marginado de nuestro entorno. Hasta te acepta en su manta, como si fuera la cosa más normal del mundo, y hasta parece molestarse cuando nosotros, por higiene, te indicamos que no debes hacerlo, por tu bien.

También por el tacto has llegado a hacerte inseparable de tu osito dormilón, al que arropas con el embozo, cuando te acuestas en tu cuna, y al que relatas los cuentos que se te ocurren y los que recuerdas de nuestros ratos compartidos.

Por eso son importantes los abrazos, y los mimos, y las caricias, porque satisfacen a todos y te satisfacen a ti, sobre todo, Minerva.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Minerva

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9 / 11 /2008

Hace dos días que has cumplido veinte meses. Felicidades. No te he escrito nada en tu diario. No he tenido tiempo, pues estaba dedicado a ti. Lo hemos pasado muy bien, ¿verdad?.

Ya hemos aprendido a jugar juntos, pero no compartimos los juguetes: ¡tú te los quedas todos! Casi no te das cuenta de que tus manitas tienen una capacidad limitada; o sí, pues te desesperas cuando no puedes abarcarlos todos, y es cuando pides ayuda.

He observado que tienes un cierto sentido del orden, porque, si no, ¿a qué venía tu desespero por corregir estrictamente la colocación de los cojines que habías bajado a suelo?; tal vez por ese detalle no ha valido la pena corregirte, pues te estabas esforzando en hacerlo bien, y era muy hermoso observarte. Yo soy persona de orden, me gustan las cosas en su sitio y que cada sitio sea el destino de una cosa; doy pocas oportunidades al azar, ya lo irás viendo. Pero pienso que exigirte excesivamente para que todo lo hagas bien puede agobiarte o cohibirte, y tampoco quiero eso; poco a poco tú misma irás viendo la necesidad de corregirte, y yo procuraré que lo entiendas como algo bueno y necesario, pues debes saber que el mejor método de enseñanza es predicar con el ejemplo, y ese es mi papel mientras viva.

Tal vez sea eso, la falta de ejemplos, la razón fundamental por la que los niños de ahora tienen tantos problemas para afiliarse a la sociedad y a la buena convivencia. Si los papás no nos preocupamos de enseñaros a discernir entre lo que es bueno y malo, lo que es adecuado o inadecuado, qué es el respeto, por ejemplo, si dejamos pasar esa oportunidad en la fase inicial de desarrollo de vuestra personalidad, os estamos haciendo un flaco favor. Luego, será fácil que los padres nos quejemos de los fracasos de los hijos, y tratemos de culpar a los demás de nuestra propia decepción y fracaso; porque es así, hija mía, si no aprovechamos la coyuntura mientras sois pequeñitos, si dejamos que vuestra oportunidad se nos pase, os estaremos malcriando y haciendo de vosotros algo que el día de mañana ni vosotros mismos querríais, pues os habremos despojado de vuestras capacidades y anulado la oportunidad de haceros personas de bien. Podría aplicarseos, entonces, aquel feo pero sabio dicho popular: “Cría cuervos, que te quitarán los ojos”. A mí no me gustaría que los ojos con los que te miro y admiro me fuesen arrebatados por no haber actuado con cordura y honestidad contigo.

Hay cosas fundamentales que te iré enseñando, y procuraré que ocurran en libertad por tu parte. Así, pues, el enseñarte no debes tomarlo nunca como una privación de tu autonomía o discernimiento. Para aprender a andar necesitaste ayuda, para aprender a utilizar palabras necesitaste oírnoslas a nosotros, para comer bien tuvimos que mostrarte cómo se hace, para sacar provecho de todo lo que tú vas descubriendo tuvimos que explicártelo de modo que lo entendieses; hoy sabes que hay belleza en tu entorno, porque tu otro Papá te la donó, para que la disfrutases en compañía de tu papi, de tu mami, de tus hermanitos y de los demás; hoy por hoy, siendo tan chiquitina como eres, distingues los sonidos y te gusta la música, porque te hacemos escucharla de vez en cuando, bailando cuando tú marcas el ritmo, como si fueses una directora de orquesta, con las manos, con la cabeza y con los pies. Por tanto, ¿por qué ha de ser malo seguir enseñándote, respetándote, viendo por dónde vas destacando a medida que aprendes?. Lo hacemos con amor y por amor, y tú lo descubrirás algún día. Si vieras cómo me acuerdo de lo mucho que me enseñó tu abueliño, y la cantidad de veces que lo evoco para agradecérselo; tal vez él haya sido uno de los hitos más importantes de mi vida. Y, ¿sabes?, me da mucha pena que se nos haya ido de nuestro lado un día antes de poder verte, pues el abuelo puso tu nombre en su boca antes de perder el conocimiento, tantas eran las ganas que tenía de verte crecer; él era muy creyente y practicante, así que hemos de estar tranquilos, pues estará, seguramente, en el mejor sitio que haya en el Cielo, protegiéndote, protegiéndonos.

Minerva, no puede decirse que tú seas egoísta aunque tengas un sentido tan posesivo de las cosas. Es normal, de momento. Poquito a poco irás viendo lo bonito que es compartir y, tal vez, dar. Pero sobre esto hablaremos más extensamente otro día, pues se trata de un asunto sumamente delicado, ¿te parece bien?.