domingo, 9 de noviembre de 2008

Minerva

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9 / 11 /2008

Hace dos días que has cumplido veinte meses. Felicidades. No te he escrito nada en tu diario. No he tenido tiempo, pues estaba dedicado a ti. Lo hemos pasado muy bien, ¿verdad?.

Ya hemos aprendido a jugar juntos, pero no compartimos los juguetes: ¡tú te los quedas todos! Casi no te das cuenta de que tus manitas tienen una capacidad limitada; o sí, pues te desesperas cuando no puedes abarcarlos todos, y es cuando pides ayuda.

He observado que tienes un cierto sentido del orden, porque, si no, ¿a qué venía tu desespero por corregir estrictamente la colocación de los cojines que habías bajado a suelo?; tal vez por ese detalle no ha valido la pena corregirte, pues te estabas esforzando en hacerlo bien, y era muy hermoso observarte. Yo soy persona de orden, me gustan las cosas en su sitio y que cada sitio sea el destino de una cosa; doy pocas oportunidades al azar, ya lo irás viendo. Pero pienso que exigirte excesivamente para que todo lo hagas bien puede agobiarte o cohibirte, y tampoco quiero eso; poco a poco tú misma irás viendo la necesidad de corregirte, y yo procuraré que lo entiendas como algo bueno y necesario, pues debes saber que el mejor método de enseñanza es predicar con el ejemplo, y ese es mi papel mientras viva.

Tal vez sea eso, la falta de ejemplos, la razón fundamental por la que los niños de ahora tienen tantos problemas para afiliarse a la sociedad y a la buena convivencia. Si los papás no nos preocupamos de enseñaros a discernir entre lo que es bueno y malo, lo que es adecuado o inadecuado, qué es el respeto, por ejemplo, si dejamos pasar esa oportunidad en la fase inicial de desarrollo de vuestra personalidad, os estamos haciendo un flaco favor. Luego, será fácil que los padres nos quejemos de los fracasos de los hijos, y tratemos de culpar a los demás de nuestra propia decepción y fracaso; porque es así, hija mía, si no aprovechamos la coyuntura mientras sois pequeñitos, si dejamos que vuestra oportunidad se nos pase, os estaremos malcriando y haciendo de vosotros algo que el día de mañana ni vosotros mismos querríais, pues os habremos despojado de vuestras capacidades y anulado la oportunidad de haceros personas de bien. Podría aplicarseos, entonces, aquel feo pero sabio dicho popular: “Cría cuervos, que te quitarán los ojos”. A mí no me gustaría que los ojos con los que te miro y admiro me fuesen arrebatados por no haber actuado con cordura y honestidad contigo.

Hay cosas fundamentales que te iré enseñando, y procuraré que ocurran en libertad por tu parte. Así, pues, el enseñarte no debes tomarlo nunca como una privación de tu autonomía o discernimiento. Para aprender a andar necesitaste ayuda, para aprender a utilizar palabras necesitaste oírnoslas a nosotros, para comer bien tuvimos que mostrarte cómo se hace, para sacar provecho de todo lo que tú vas descubriendo tuvimos que explicártelo de modo que lo entendieses; hoy sabes que hay belleza en tu entorno, porque tu otro Papá te la donó, para que la disfrutases en compañía de tu papi, de tu mami, de tus hermanitos y de los demás; hoy por hoy, siendo tan chiquitina como eres, distingues los sonidos y te gusta la música, porque te hacemos escucharla de vez en cuando, bailando cuando tú marcas el ritmo, como si fueses una directora de orquesta, con las manos, con la cabeza y con los pies. Por tanto, ¿por qué ha de ser malo seguir enseñándote, respetándote, viendo por dónde vas destacando a medida que aprendes?. Lo hacemos con amor y por amor, y tú lo descubrirás algún día. Si vieras cómo me acuerdo de lo mucho que me enseñó tu abueliño, y la cantidad de veces que lo evoco para agradecérselo; tal vez él haya sido uno de los hitos más importantes de mi vida. Y, ¿sabes?, me da mucha pena que se nos haya ido de nuestro lado un día antes de poder verte, pues el abuelo puso tu nombre en su boca antes de perder el conocimiento, tantas eran las ganas que tenía de verte crecer; él era muy creyente y practicante, así que hemos de estar tranquilos, pues estará, seguramente, en el mejor sitio que haya en el Cielo, protegiéndote, protegiéndonos.

Minerva, no puede decirse que tú seas egoísta aunque tengas un sentido tan posesivo de las cosas. Es normal, de momento. Poquito a poco irás viendo lo bonito que es compartir y, tal vez, dar. Pero sobre esto hablaremos más extensamente otro día, pues se trata de un asunto sumamente delicado, ¿te parece bien?.

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