10
13 / 11 / 08
¡Ya sabes dar abrazos! No importa que los ofrezcas como respuesta a otro estímulo no compatible. Lo importante es que ya conoces el valor de un achuchón. Si tú supieras lo bien que me saben… Y más importante, todavía: ya empiezas a valorar el contenido de los míos, porque empiezas a buscarlos.
Verás: hay varios gestos en el ser humano que son fundamentales para una relación afectuosa, sobre todo si son compartidos y realizados sin meter mucho la razón por el medio. Son: los besos, los abrazos y las caricias. Fíjate, recuérdalo, que te estoy hablando de tocar, de tactar, de palpar, de contactar, de rozar; el ver, oir, oler, gustar, son otra cosa complementaria, aunque también muy importantes, claro. Hoy te hablo sólo de sentir por el tacto, tan importante cuando las otras demás cosas importantes están mermadas o estamos a oscuras, por ejemplo.
A veces se utilizan, también, como moneda de cambio, aunque no se sepas el significado de lo de “moneda de cambio”. ¿Te fijas que cuando quieres algo y me lo pides, o si yo te digo que no puede ser y tú lo deseas mucho, me dices “papi” y me ofreces tus morritos (me refiero al “beso de morrete”) o me acercas tu frente a mi cara y me dices “hummm” (tú lo entiendes como “dar un mimiño”), estás negociando conmigo el que yo me ablande y ceda a tu demanda? Aunque no siempre lo consigues, tú insistes, cada vez que se te ocurre, tercamente, como si supieras que insistir es lograr y lograr es el triunfo. Me recuerdas a alguien cuando actúas así. Pero yo me lo paso muy bien contigo, porque valoro tu progreso en el empleo de los sentimientos, y casi siempre acepto tu besiño o tu abrazo, y te premio. A veces, te chocará porque cambio el objeto de tus deseos; la razón, pequeniña, es que no siempre puedo darte lo que me pides, por no ser conveniente para ti, cuando hay otras muchas cosas buenas que también pueden satisfacerte y no contradicen la responsabilidad que tengo en enseñarte. Al fin y al cabo, de ese modo tan sutil consigo que tú no te vuelvas caprichosa y yo me convenzo de que hago lo correcto. Espero que me entiendas; lo mismo hacía tu amiga “Caña” con sus cachorritos, ¿sabes?; porque, al fin y a la postre, tú eres mi cachorrito precioso, pero un cachorrito humano que posee una interesante propiedad sobre los animalitos que tanto te gustan: que tienes una inteligencia superior y una razón que se está formando día a día.
Cuando te estabas desarrollando en el vientre de mami, aquel nido cálido y protegido del que, al nacer, perdemos casi todos el recuerdo, y te movías y revolvías para decirnos que estabas allí, yo anhelaba verte, no por tu físico, que ya me lo imaginaba, sino por el desarrollo de tu cerebro, como queriendo controlar el ensamblaje de tus neuronas y la limpieza de tus sinapsis, la coordinación de tus movimientos… Bueno, me estoy pasando; defecto profesional (“¡qué rollo patatero, papi!", dirías tú). Quiero decirte, simplemente, que mi gran preocupación era saber que te estabas desarrollando de una forma normal, como ha resultado ser, gracias e ese Ser superior del que poco a poco te iré hablando; si a eso le añadimos la belleza de la que has venido dotada, pues mejor que mejor, todos felices.
13 / 11 / 08
¡Ya sabes dar abrazos! No importa que los ofrezcas como respuesta a otro estímulo no compatible. Lo importante es que ya conoces el valor de un achuchón. Si tú supieras lo bien que me saben… Y más importante, todavía: ya empiezas a valorar el contenido de los míos, porque empiezas a buscarlos.
Verás: hay varios gestos en el ser humano que son fundamentales para una relación afectuosa, sobre todo si son compartidos y realizados sin meter mucho la razón por el medio. Son: los besos, los abrazos y las caricias. Fíjate, recuérdalo, que te estoy hablando de tocar, de tactar, de palpar, de contactar, de rozar; el ver, oir, oler, gustar, son otra cosa complementaria, aunque también muy importantes, claro. Hoy te hablo sólo de sentir por el tacto, tan importante cuando las otras demás cosas importantes están mermadas o estamos a oscuras, por ejemplo.
A veces se utilizan, también, como moneda de cambio, aunque no se sepas el significado de lo de “moneda de cambio”. ¿Te fijas que cuando quieres algo y me lo pides, o si yo te digo que no puede ser y tú lo deseas mucho, me dices “papi” y me ofreces tus morritos (me refiero al “beso de morrete”) o me acercas tu frente a mi cara y me dices “hummm” (tú lo entiendes como “dar un mimiño”), estás negociando conmigo el que yo me ablande y ceda a tu demanda? Aunque no siempre lo consigues, tú insistes, cada vez que se te ocurre, tercamente, como si supieras que insistir es lograr y lograr es el triunfo. Me recuerdas a alguien cuando actúas así. Pero yo me lo paso muy bien contigo, porque valoro tu progreso en el empleo de los sentimientos, y casi siempre acepto tu besiño o tu abrazo, y te premio. A veces, te chocará porque cambio el objeto de tus deseos; la razón, pequeniña, es que no siempre puedo darte lo que me pides, por no ser conveniente para ti, cuando hay otras muchas cosas buenas que también pueden satisfacerte y no contradicen la responsabilidad que tengo en enseñarte. Al fin y al cabo, de ese modo tan sutil consigo que tú no te vuelvas caprichosa y yo me convenzo de que hago lo correcto. Espero que me entiendas; lo mismo hacía tu amiga “Caña” con sus cachorritos, ¿sabes?; porque, al fin y a la postre, tú eres mi cachorrito precioso, pero un cachorrito humano que posee una interesante propiedad sobre los animalitos que tanto te gustan: que tienes una inteligencia superior y una razón que se está formando día a día.
Cuando te estabas desarrollando en el vientre de mami, aquel nido cálido y protegido del que, al nacer, perdemos casi todos el recuerdo, y te movías y revolvías para decirnos que estabas allí, yo anhelaba verte, no por tu físico, que ya me lo imaginaba, sino por el desarrollo de tu cerebro, como queriendo controlar el ensamblaje de tus neuronas y la limpieza de tus sinapsis, la coordinación de tus movimientos… Bueno, me estoy pasando; defecto profesional (“¡qué rollo patatero, papi!", dirías tú). Quiero decirte, simplemente, que mi gran preocupación era saber que te estabas desarrollando de una forma normal, como ha resultado ser, gracias e ese Ser superior del que poco a poco te iré hablando; si a eso le añadimos la belleza de la que has venido dotada, pues mejor que mejor, todos felices.
Por el tacto has llegado a sentir los latidos de mami cuando tuviste tu primer contacto con este mundo nuestro, y por él has llegado a distinguirnos de los demás que te aguardaban; si vieras la sorpresa que le diste a mamá cuando buscaste con tus labios el pezón que te ofrecía para mamar, y como sintió tu primera succión, te morirías de risa. Nunca supo decirme lo que realmente significó para ella aquel bautizo, pero lo recuerda como algo extraordinario y bonito.
Por el tacto has llegado también a conocer a Caña, y ella te aceptó desde el primer momento como un miembro nuevo de nuestra pequeña familia. Le gustan tus mimos, consiente que le toques las orejas y el rabo, cosa que a nadie más consiente sin huir o sin ladrar, porque sabe que, luego, le darás una caricia. En tu caso podemos asegurar que la perrita nunca se ha sentido celosa, tal vez porque nunca la hemos marginado de nuestro entorno. Hasta te acepta en su manta, como si fuera la cosa más normal del mundo, y hasta parece molestarse cuando nosotros, por higiene, te indicamos que no debes hacerlo, por tu bien.
También por el tacto has llegado a hacerte inseparable de tu osito dormilón, al que arropas con el embozo, cuando te acuestas en tu cuna, y al que relatas los cuentos que se te ocurren y los que recuerdas de nuestros ratos compartidos.
Por eso son importantes los abrazos, y los mimos, y las caricias, porque satisfacen a todos y te satisfacen a ti, sobre todo, Minerva.

No hay comentarios:
Publicar un comentario