domingo, 2 de noviembre de 2008

Minerva

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Hoy hemos paseado por el malecón de Sada.

No puedes imaginarte lo mucho que ha cambiado esta villa marinera en los últimos años. Yo la recuerdo cuando todavía conservaba el encanto de una urbe que el turismo apenas conocía, con una playa hermosa y casi silvestre al pie de las casas y un puerto dedicado a la pesca de altura, abarrotado de colorido y olor a redes. Ahora, ha evolucionado económicamente para bien, pero ha ido perdiendo el sello de natural a favor del desmadre inmobiliario.

No quedan casas marineras, apenas, y sobran edificios con el esqueleto de acero y hormigón y revestimiento de ladrillos prefabricados. Las calles que yo recuerdo eran serenas, acogedoras; hoy son como las de cualquier pueblo picado por el abejorro de la nueva construcción; y no se ven marineros (¿dónde se meten, dónde se refugian?) entrando o saliendo de la faena, tal es la cantidad de visitantes forasteros y coches que plagan sus calles y sus muelles. Aún así, es una villa costera interesante.

Hacía un día tristón y yo no me encontraba en mi mejor jornada. Lo plomizo del cielo había contagiado a mi alma. Además, comenzaba a llover, aunque esto no debería asustarnos pues estamos en Galicia y es habitual que así sea, aunque tal como están cambiando el clima y las estaciones, nunca se sabe.

Tú ponías un toque gracioso y alegre cantando la tonada que más conoces, interpretando el “ía, ía, oh”, cuyo significado debes conocer muy bien, de tanto que la repites. Lograste que me sintiera diferente, casi contento, pues me hiciste ver que, según como uno valore cada circunstancia, así puede uno interpretarse a si mismo, y comencé a corear tu canción. Hicimos el regreso ejecutando un dúo.

Creo que tú te das cuenta de que tu “Papi” es variante, en su comportamiento, como tú lo eres, pero con unas preocupaciones diferentes. Y eso es bueno, porque podemos prestarnos una valiosa ayuda sin preguntarnos nada.

Cuando te miro, cuando me miras, los sentimientos fluyen y nuestras mentes se serenan. Tú no puedes sentirme triste, y yo no debo enturbiar tu serenidad y tu alegría. Tal vez por eso nos queremos tanto.

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