viernes, 31 de octubre de 2008

Minerva

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30 / 10 / 2008

Tienes a tu madre muy preocupada. La causa: que lloras a gritos y te pones rígida cuando te enfadas, y parece que pegas cuando sacudes tus manitas, tal vez para decir que no estás de acuerdo. A mamá le falta experiencia y quizás no sea capaz, sin darse cuenta, de tener en cuenta que eres su primera hija y que le faltan las vivencias de las veteranas madres, que apenas se afectan, por lo mismo, con sus hijos. Debes aprender a perdonárselo, porque ella te ama; lo que pretende es enseñarte a medir tus impulsos, pero tú también eres demasiado pequeñita para comprenderla. Ambas debéis tener paciencia, ya veréis cómo llegáis a estar de acuerdo. Así seréis más felices y a mi me veréis más tranquilo; yo sé que eso será como te digo

Pequeniña: ¿verdad que gritas porque no sabes hablar?. ¿O tal vez copias el alto tono de voz de muchas personas que suelen hablarte, como si tú no pudieses oírles?. No saben que tu percepción es tan fina que se parece a la de nuestra perrita Jana cuando era un cachorrito; ahora ya es mayor y te considera a ti misma su cachorro, por eso se acaricia en tus piernas y te mira con ojos lánguidos y comprensivos cuando le tiras de las orejas o intentas agarrarle la alcachofa, gimiendo apenas cuando, en las mismas circunstancias, a cualquier otro le ladraría de verdad. Yo sé que le incomoda que le tiren de las orejas o del rabo. Y es reticente a las caricias excepto contigo. ¿Qué tipo de comunicación hay entre vosotras? ¿Sabes que al cambio de los humanos Jana tendrá unos setenta años?. ¿Y qué, pensarás tú, si mi papá también es mayor, y me quiere, y me comprende, y rueda por el suelo conmigo?

Voy a contarte un cuento.

Érase una vez una pareja de pájaros emigrantes que con amor lograron tener dos huevos que cuidaban en su nido hecho de barro y paja. Alborozados y felices, los papás vieron como un día sus huevos se rompían desde adentro y asomaban las cabecitas y los picos blandos de sus hijos, piando tan fuerte como tú lloraste cuando asomaste por la barriga de mamá al nacer; la diferencia entre ellos y tú está en que ellos tuvieron que luchar para salir, mientras que a ti te facilitamos el camino a costa de hacer una herida grande a mamá, de la que nunca se ha arrepentido desde que te vio por primera vez. Les ayudaron a desprenderse de los restos de la cáscara y les limpiaron el nido a diario, protegiéndoles día y noche para que otros animales no se los robasen y para que no se cayeran al suelo desde la rama alta donde anidaban.

Se turnaban en el nido para darles calor y cobijo, hiciese sol o lloviese, hiciese frío o calor, pues los pájaros pequeños no tienen cuna en donde alojarse ni mantita con la que cubrirse, como tienes tú.

Pasaban los días más rápido de lo que era de esperar y sus papás los alimentaban continuamente, turnándose en la labor, con gusanos, larvas e insectos para que se nutriesen y creciesen fuertes, pues en pocos meses comenzaría la emigración y tendrían que marcharse lejos, muy lejos, para sobrevivir.

Les crecieron las plumas y su color fue variando progresivamente hasta parecerse a las de sus papás. Ellos les enseñaron a salir del nido y a caminar sobre la rama y las ramas vecinas, para que perdiesen el miedo a ser autónomos y les mostraron cómo había que batir las alas para aprender a volar.

Pero ocurrió que uno de los pequeños fue obediente y se sacrificó siguiendo las enseñanzas de los papás, observando como los pajarillos de otros nidos y de otros papás hacían lo mismo; por el contrario, el otro hermano se mostró más vago y reticente, pues no quería salir a pasear por la rama ni ensayaba con las alas para hacer ejercicio, así que fue haciéndose cada vez más gordo.

Cuando llegó el momento de partir, éste último no fue capaz de ponerse en marcha: mientras que todos los demás daban pequeños vuelos para entrenarse, éste no hacía más que dormir y comer. Cuando la bandada decidió salir definitivamente, éste no fue capaz de levantar el vuelo. Sus papás, preocupados, le empujaban para espabilarle, pero él erre que erre, no quiso seguirles.

Tristes, sus padres y su hermano se retrasaron respecto a los demás, pues les daba pena que se quedara solo, pero ya en el horizonte asomaban las nubes negras y los días se hacían más cortos; la oscuridad tendía a cubrir el paisaje, los insectos escaseaban, las lombrices se escondían profundamente en la tierra y el viento ya no acariciaba, sino que hería porque llegaba a rachas frías. Así es que se tuvo que quedar solo en aquel nido que ya apenas le permitía guarecerse.

Sus papás y su hermano se fueron alejando, subiendo hasta las nubes, mirando atrás, compungidos, pero no podían hacer otra cosa si querían sobrevivir, a sabiendas de que el pajarito que se había quedado, por no querer sacrificarse, no tenía futuro y sucumbiría irremediablemente.

¿Has entendido el relato?. Es triste y alegre, a la vez, ¿verdad?. Yo te haría alguna pregunta al respecto, mi niña: ¿si fueses un pajarito, cuál de ellos te gustaría ser?, ¿cambiarías la seguridad y el futuro por la comodidad y la vagancia?, ¿te gustaría parecerte a tus padres y al otro pajarito o criarte a tu aire y perderte en ese mundo triste de la soledad y el desamparo?. Otras muchas podría hacerte, pero no quiero agobiarte; me doy por satisfecho por que me hayas escuchado.

Yo sé que eres inteligente y creo conocer tus respuestas. Tu madre y yo contamos contigo.

Minerva

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29 / 10 /2008

He estado pensando en ti muy cerquita del mar. El mar, o la mar, me gusta porque es inmensa, porque es de color variante como lo son tus ojos, pues como ellos parece pretender engañar al cielo restándole mucho de su azul o de su verde y convertirse en joyas que salpican el aire; porque va y viene constantemente, en un ritmo difícil de seguir, como ocurre con tus juegos imprevisibles; porque parece vivir en un eterno y lento suspiro cuando sube y cuando se va, como haces tú cuando te duermes, aunque tu respiración lleva un ritmo más rápido y no suene tan sonora como las olas. Creo que eres como un mar sosegado que lame mi playa con la ternura de las ondas cargadas de espuma blanca.

Cuando crezcas pienso traerte a la playa, para que sientas la blandura de la arena y puedas perderte en el horizonte infinito, aquel en que el cielo y el mar se confunden; tal vez puedas recordar que tu pasado también es infinito y que te has aferrado a este presente para hacernos felices. La memoria crece con el silencio y la soledad, y estando cerca del mar, o la mar, el silencio se hace del agua y la soledad del aire sólo que, aunque con sus propios sonidos, invitan a la introversión y a conocerse uno por dentro, como si uno estuviese solo en el mundo.

A la orilla del mar, o de la mar, si cierras los ojos, te parecerá que alguien respira por ti y que la materia se hace muelle y te eleva, como si gravitases. Es una sensación que deseo mostrarte y que te sorprenderá. Te esperan muchas sorpresas, mi amor, y ojalá todas pudiesen ser placenteras; aún no siéndolo, verás que dependerá de tu estado de ánimo y de tu formación espiritual (no hablo de religiones, que te quede claro) el que te hagan más o menos daño. Por eso deseo poder vivir, para enseñarte las pocas cosas que he aprendido en mi vida, ya tan larga.

Minerva

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28 / 10 / 2008

Mi niña: hubo hace unos años un médico muy inteligente al que le gustaba, además de investigar sobre el cerebro, escribir y pensar sobre los hechos y fenómenos cotidianos. Se llamaba Santiago Ramón y Cajal. En un librito de máximas y pensamientos que tituló “Charlas de café”, dijo algo así como “para tener vida hay que crear vida”. ¿Lo entiendes?.

Por eso tu madre y yo nos animamos a tenerte; bueno, más bien a recibirte, porque dábamos por seguro que tú ya estabas allí, en algún sitio, esperando nuestro apoyo para facilitarte el camino. En una palabra: necesitábamos vida y te la dimos a ti, sabiendo de tu generosidad. Tu madre dice siempre que yo fui el generoso, pero se equivoca, porque esa propiedad es más de ella y tuya, pues os atrevisteis a tener un padre y un esposo mayor (en años), aún sabiendo que mi salud era precaria y que podía fallaros en cualquier momento. Claro que también hubo otro artífice de este evento tan importante: Aquel que te tenía reservada para nosotros; y que te quiere mucho, que lo sepas, y nos facilita Su reconocimiento a través de tu existencia. Así que todos agradecidos. Me consta que Él se regocija de haberte enviado a nuestro lado. ¿Por qué?, dirás tú; pues por algo muy sencillo; te lo diré aunque no sepas lo que significa “ser feliz”: desde que llegaste la casa se llenó de alegría, siempre es fiesta, aún cuando te enfadas o nos sentimos alicaídos; las palabras se nos han vuelto dulces y hablamos sin sobresaltos y cargados de diminutivos; las cosas son definidas con las palabras que tú podrías emplear en tu argot elemental; cuando nos damos cuenta nos preguntamos por qué hablamos tan bajito y tan suave, y por qué tendemos a acercarnos al suelo en lugar de permanecer erguidos como siempre hacíamos; y las sonrisas son nuestra mohín preferido; comenzamos a recordar las canciones de nuestra infancia, que ya estaban casi olvidadas y llenas de orín: las hemos desempolvado y suenan bastante bien.

En mi caso, has logrado que me sienta más crío que nunca; ojalá tus hermanitos hubieran tenido la oportunidad de conocerme con un comportamiento tan a su altura; pero era otra época y yo tenía que trabajar muchísimo para poder salir adelante, robándoles a ellos el tiempo para compartir sus juegos y sus preguntas, y a mí la posibilidad de saber lo que era criar a un hijo; aunque lo comprendo así, hoy me pesa haberme perdido su infancia y su juventud; hice lo que pude, pero mi conciencia me lo reprocha cada día.

Por todo ese conocimiento, por toda esa experiencia, hoy procuro pasar todo el tiempo posible a tu lado, para crecerme en tu progreso, para sentirte y para que me sientas, aunque te confundas y me llames “mamá” en muchas ocasiones. ¿Sabes que estando contigo el tiempo se me ralentiza, que mi vida transcurre más parsimoniosamente, que se me diluye el ansia, que no pienso en las enfermedades, sino en ver el modo de cargarme de salud y de buena energía para que lo compartamos durante muchos años?.

Eres mi vela, mi timón, mi brújula… Algún día te explicaré el significado de todos esos términos marineros. Y añado: eres el barco en el que quiero navegar para llevarte a buen puerto, pues conozco el lenguaje de las estrellas y sé reconocer las caricias de los vientos buenos; tú también acabarás conociéndolos.

Minerva

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27 / 10 / 2008

Mi niña: tienes dos hermanos. Son estupendos. Fíjate que pasaron tanta angustia como nosotros antes de tu venida. Pero te esperaban casi con la misma ilusión. Al fin y al cabo no habían tenido hermanas, hijas de su madre. Debes saber que tu papá había estado casado con otra mujer antes de hacerlo con tu mamá. Son sucesos que ocurren en la vida de las personas, como éste de que pueda haber dos mamás y un solo papá y que tu sangre sea la mitad idéntica a la de tus hermanos; de momento no podrías entenderlo; ya llegará la ocasión.

Minerva: tú habrías de ser la novedad ensoñada, la señal esperada, el deseo insatisfecho que se haría realidad. Y se han cumplido todas las expectativas: trajiste contigo las sonrisas y la paz, las miradas embobadas a los ojos de los adultos, el silencio discreto para no alborotarte y las palabras susurradas, los temores a que te quebrases, y las lágrimas de alegría ante cualquiera de tus gestos. Y supimos de tus ansias de teta, de lo imprescindible que te era el calor humano, y de tus eructos, y de tus pises, y de tus cacas. Todos aprendimos que las cacas de niño no dan asco y que sus eructos hay que celebrarlos con júbilo. Parece mentira, ¿verdad?.

Mi niña: tus hermanos tienen mucha más edad que tu; podrían ser tus padres. El mayor, tenía treinta y tres años, y el mediano (era el pequeño hasta entonces) veintiocho, cuando tú decidiste venir para quedarte. Te querían antes de llegar; te conocieron cuando te pudieron ver a través de una ecografía siendo tú un minúsculo ser que sólo, sólo latía; y te quieren ahora con locura: chochean por ti; les llegaste a poco; se les caía la baba cuando te mimaban y cuando les mirabas con tus ojitos todavía casi ciegos; y no te digo nada cuando suponían que les acariciabas con tus manitos apenas coordinadas, llenas de arrugas, o cuando olían ese aroma tan especial que tenéis los bebés, como a leche fresca o a violetas. Tanto, que mes y pico después de tu venida nació tu sobrinita Elena, allá en los Estados Unidos de América, ¡qué casualidad!, en tierras de Carolina del Norte. Ella nació por la vía en que nacen casi todos los niños, la “vía natural”; pero tu no pudiste hacerlo así, pues hubo que rasgar el vientre de tu mamá para que salieses por cesárea: antes que tu cuerpo asomara por la herida lo hicieron tu cabecita y tus morritos y, fíjate, comenzaste a gritar como saludando a todos los que allí estábamos, por si no nos habíamos dado cuenta de que llegaras.

Naciste a las once menos veinte (10.40 h) del día siete de marzo de 2007 en el hospital en el que yo trabajo desde hace más de treinta años. Yo fui el primero en acogerte en mi regazo, después de que tu madre te viese y dijese que qué poco te parecías a ella (estaba equivocada, pero lo dejé pasar).

Tu hermano Damián te tuvo en sus brazos casi al momento de nacer, y ya te había saludado cuando a mamá le hacían las ecografías de control: él te conocía tanto como nosotros, y al mismo tiempo. Alberto estaba lejos, más allá del océano inmenso, pendiente de nuestras noticias. Él supo lo que podrías significar cuando nació su niña. Todos pensamos, entonces, lo importante que sería que os criaseis juntas y tuvieseis experiencias comunes, pues al fin y al cabo sois nuestra prolongación en vuestra nueva andadura.

Minerva

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26 / 10 / 2008.

Hace unos días comenté con un amigo que mi niña, Minerva, ha sido para nosotros un regalo del cielo. Y él me contestó que somos, su madre y yo, “su Cielo”, así, con mayúscula, con la fortuna de que “ella puede tocarlo cuando quiera”, a voluntad. He de confesar que su frase nos hizo reflexionar y nos ha enternecido.

Minerva tiene ahora diecinueve meses. Ya camina y corre, y juega, y habla con sus muñecos y con sus sueños, en una jerga que le es propia, como ocurre con la mayoría de los niños. No importa lo que se diga o le digan, pues los objetos y los juguetes cobran vida en su imaginación, sin que se sepa a ciencia cierta de dónde puede obtener tal capacidad para identificarlos; tal vez por el tacto o la vista, si se trata de un objeto; tal vez por recuerdos de su vida anterior a su venida. Porque, si no, ¿cómo puede convertir a una manta – “su mantita blanca” - de dibujos, de tersura suave y delicada, en algo imprescindible para sosegarse o quedarse dormida?; ¿o qué puede decir, como si se entendiesen, a sus diversos peluches y muñecos a los que es capaz reconocer y diferenciar por las onomatopeyas y seudónimos que cualquiera de casa pudo sugerirle, en un momento determinado?. Pues ya no precisa ver su imagen, ni tenerlos en las manos, para su identificación?.

Son diecinueve meses en los que nos ha llenado de dicha. Es una niña hermosa, de pelo tostado, no tan pelirrojo como el de su madre, suave como la seda y ligeramente rizado en las puntas, que le cae en discretísima melenita sobre la nuca y se le desliza sobre la frente, enmarcando un rostro de ángel con ojos de tono desigual. Porque mi niña tiene los ojos de tono diferente; uno, azul como los de su “Mamá”; el otro, de tono verdoso como la campiña en primavera. Su boquita, de labios carnosos, parece estar hecha para un beso continuado; cuando sonríe, lo que hace casi desde el momento de nacer, muestra unos dientecitos blancos y robustos que salpican su faz como si de copos de nieve se tratase.

Minerva llegó cuando nadie lo pensaba, a no ser su madre y yo, que luchamos por su nacimiento. No fue por egoísmo, sino para satisfacer un sentimiento muy especial (amar la vida dando vida), el hecho de haberle mostrado nuestra existencia, a sabiendas de que ella sabría disfrutarla. Lo teníamos todo en contra: nuestra diferencia de edad, ella bastante más joven que yo; las graves enfermedades que hemos tenido que superar; el embarazo de alto riesgo que su madre y ella sufrieron; la incertidumbre que a mí tanto me trastornaba... Hoy sabemos que no nos hemos equivocado, pues la vida le sonríe y ella sonríe a la vida, así dormida como despierta.

Cuando duerme, lo hace con toda la placidez de los angelotes (no encuentro una mejor imagen para describir su sueño, aunque los querubines, serafines y similares sean entes difíciles de referir); y cuando está despierta, el universo se colma de voces y ecos, como si los de la naturaleza fuesen insuficientes para satisfacer su propio significado.

Minerva era necesaria; su venida fue nuestro milagro; ella es el milagro. Es la luz que nos dirige en este nuevo y novedoso camino que hemos emprendido, a su lado, con ella.