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29 / 10 /2008
He estado pensando en ti muy cerquita del mar. El mar, o la mar, me gusta porque es inmensa, porque es de color variante como lo son tus ojos, pues como ellos parece pretender engañar al cielo restándole mucho de su azul o de su verde y convertirse en joyas que salpican el aire; porque va y viene constantemente, en un ritmo difícil de seguir, como ocurre con tus juegos imprevisibles; porque parece vivir en un eterno y lento suspiro cuando sube y cuando se va, como haces tú cuando te duermes, aunque tu respiración lleva un ritmo más rápido y no suene tan sonora como las olas. Creo que eres como un mar sosegado que lame mi playa con la ternura de las ondas cargadas de espuma blanca.
Cuando crezcas pienso traerte a la playa, para que sientas la blandura de la arena y puedas perderte en el horizonte infinito, aquel en que el cielo y el mar se confunden; tal vez puedas recordar que tu pasado también es infinito y que te has aferrado a este presente para hacernos felices. La memoria crece con el silencio y la soledad, y estando cerca del mar, o la mar, el silencio se hace del agua y la soledad del aire sólo que, aunque con sus propios sonidos, invitan a la introversión y a conocerse uno por dentro, como si uno estuviese solo en el mundo.
A la orilla del mar, o de la mar, si cierras los ojos, te parecerá que alguien respira por ti y que la materia se hace muelle y te eleva, como si gravitases. Es una sensación que deseo mostrarte y que te sorprenderá. Te esperan muchas sorpresas, mi amor, y ojalá todas pudiesen ser placenteras; aún no siéndolo, verás que dependerá de tu estado de ánimo y de tu formación espiritual (no hablo de religiones, que te quede claro) el que te hagan más o menos daño. Por eso deseo poder vivir, para enseñarte las pocas cosas que he aprendido en mi vida, ya tan larga.
29 / 10 /2008
He estado pensando en ti muy cerquita del mar. El mar, o la mar, me gusta porque es inmensa, porque es de color variante como lo son tus ojos, pues como ellos parece pretender engañar al cielo restándole mucho de su azul o de su verde y convertirse en joyas que salpican el aire; porque va y viene constantemente, en un ritmo difícil de seguir, como ocurre con tus juegos imprevisibles; porque parece vivir en un eterno y lento suspiro cuando sube y cuando se va, como haces tú cuando te duermes, aunque tu respiración lleva un ritmo más rápido y no suene tan sonora como las olas. Creo que eres como un mar sosegado que lame mi playa con la ternura de las ondas cargadas de espuma blanca.
Cuando crezcas pienso traerte a la playa, para que sientas la blandura de la arena y puedas perderte en el horizonte infinito, aquel en que el cielo y el mar se confunden; tal vez puedas recordar que tu pasado también es infinito y que te has aferrado a este presente para hacernos felices. La memoria crece con el silencio y la soledad, y estando cerca del mar, o la mar, el silencio se hace del agua y la soledad del aire sólo que, aunque con sus propios sonidos, invitan a la introversión y a conocerse uno por dentro, como si uno estuviese solo en el mundo.
A la orilla del mar, o de la mar, si cierras los ojos, te parecerá que alguien respira por ti y que la materia se hace muelle y te eleva, como si gravitases. Es una sensación que deseo mostrarte y que te sorprenderá. Te esperan muchas sorpresas, mi amor, y ojalá todas pudiesen ser placenteras; aún no siéndolo, verás que dependerá de tu estado de ánimo y de tu formación espiritual (no hablo de religiones, que te quede claro) el que te hagan más o menos daño. Por eso deseo poder vivir, para enseñarte las pocas cosas que he aprendido en mi vida, ya tan larga.

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