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27 / 10 / 2008
Mi niña: tienes dos hermanos. Son estupendos. Fíjate que pasaron tanta angustia como nosotros antes de tu venida. Pero te esperaban casi con la misma ilusión. Al fin y al cabo no habían tenido hermanas, hijas de su madre. Debes saber que tu papá había estado casado con otra mujer antes de hacerlo con tu mamá. Son sucesos que ocurren en la vida de las personas, como éste de que pueda haber dos mamás y un solo papá y que tu sangre sea la mitad idéntica a la de tus hermanos; de momento no podrías entenderlo; ya llegará la ocasión.
Minerva: tú habrías de ser la novedad ensoñada, la señal esperada, el deseo insatisfecho que se haría realidad. Y se han cumplido todas las expectativas: trajiste contigo las sonrisas y la paz, las miradas embobadas a los ojos de los adultos, el silencio discreto para no alborotarte y las palabras susurradas, los temores a que te quebrases, y las lágrimas de alegría ante cualquiera de tus gestos. Y supimos de tus ansias de teta, de lo imprescindible que te era el calor humano, y de tus eructos, y de tus pises, y de tus cacas. Todos aprendimos que las cacas de niño no dan asco y que sus eructos hay que celebrarlos con júbilo. Parece mentira, ¿verdad?.
Mi niña: tus hermanos tienen mucha más edad que tu; podrían ser tus padres. El mayor, tenía treinta y tres años, y el mediano (era el pequeño hasta entonces) veintiocho, cuando tú decidiste venir para quedarte. Te querían antes de llegar; te conocieron cuando te pudieron ver a través de una ecografía siendo tú un minúsculo ser que sólo, sólo latía; y te quieren ahora con locura: chochean por ti; les llegaste a poco; se les caía la baba cuando te mimaban y cuando les mirabas con tus ojitos todavía casi ciegos; y no te digo nada cuando suponían que les acariciabas con tus manitos apenas coordinadas, llenas de arrugas, o cuando olían ese aroma tan especial que tenéis los bebés, como a leche fresca o a violetas. Tanto, que mes y pico después de tu venida nació tu sobrinita Elena, allá en los Estados Unidos de América, ¡qué casualidad!, en tierras de Carolina del Norte. Ella nació por la vía en que nacen casi todos los niños, la “vía natural”; pero tu no pudiste hacerlo así, pues hubo que rasgar el vientre de tu mamá para que salieses por cesárea: antes que tu cuerpo asomara por la herida lo hicieron tu cabecita y tus morritos y, fíjate, comenzaste a gritar como saludando a todos los que allí estábamos, por si no nos habíamos dado cuenta de que llegaras.
Naciste a las once menos veinte (10.40 h) del día siete de marzo de 2007 en el hospital en el que yo trabajo desde hace más de treinta años. Yo fui el primero en acogerte en mi regazo, después de que tu madre te viese y dijese que qué poco te parecías a ella (estaba equivocada, pero lo dejé pasar).
Tu hermano Damián te tuvo en sus brazos casi al momento de nacer, y ya te había saludado cuando a mamá le hacían las ecografías de control: él te conocía tanto como nosotros, y al mismo tiempo. Alberto estaba lejos, más allá del océano inmenso, pendiente de nuestras noticias. Él supo lo que podrías significar cuando nació su niña. Todos pensamos, entonces, lo importante que sería que os criaseis juntas y tuvieseis experiencias comunes, pues al fin y al cabo sois nuestra prolongación en vuestra nueva andadura.
27 / 10 / 2008
Mi niña: tienes dos hermanos. Son estupendos. Fíjate que pasaron tanta angustia como nosotros antes de tu venida. Pero te esperaban casi con la misma ilusión. Al fin y al cabo no habían tenido hermanas, hijas de su madre. Debes saber que tu papá había estado casado con otra mujer antes de hacerlo con tu mamá. Son sucesos que ocurren en la vida de las personas, como éste de que pueda haber dos mamás y un solo papá y que tu sangre sea la mitad idéntica a la de tus hermanos; de momento no podrías entenderlo; ya llegará la ocasión.
Minerva: tú habrías de ser la novedad ensoñada, la señal esperada, el deseo insatisfecho que se haría realidad. Y se han cumplido todas las expectativas: trajiste contigo las sonrisas y la paz, las miradas embobadas a los ojos de los adultos, el silencio discreto para no alborotarte y las palabras susurradas, los temores a que te quebrases, y las lágrimas de alegría ante cualquiera de tus gestos. Y supimos de tus ansias de teta, de lo imprescindible que te era el calor humano, y de tus eructos, y de tus pises, y de tus cacas. Todos aprendimos que las cacas de niño no dan asco y que sus eructos hay que celebrarlos con júbilo. Parece mentira, ¿verdad?.
Mi niña: tus hermanos tienen mucha más edad que tu; podrían ser tus padres. El mayor, tenía treinta y tres años, y el mediano (era el pequeño hasta entonces) veintiocho, cuando tú decidiste venir para quedarte. Te querían antes de llegar; te conocieron cuando te pudieron ver a través de una ecografía siendo tú un minúsculo ser que sólo, sólo latía; y te quieren ahora con locura: chochean por ti; les llegaste a poco; se les caía la baba cuando te mimaban y cuando les mirabas con tus ojitos todavía casi ciegos; y no te digo nada cuando suponían que les acariciabas con tus manitos apenas coordinadas, llenas de arrugas, o cuando olían ese aroma tan especial que tenéis los bebés, como a leche fresca o a violetas. Tanto, que mes y pico después de tu venida nació tu sobrinita Elena, allá en los Estados Unidos de América, ¡qué casualidad!, en tierras de Carolina del Norte. Ella nació por la vía en que nacen casi todos los niños, la “vía natural”; pero tu no pudiste hacerlo así, pues hubo que rasgar el vientre de tu mamá para que salieses por cesárea: antes que tu cuerpo asomara por la herida lo hicieron tu cabecita y tus morritos y, fíjate, comenzaste a gritar como saludando a todos los que allí estábamos, por si no nos habíamos dado cuenta de que llegaras.
Naciste a las once menos veinte (10.40 h) del día siete de marzo de 2007 en el hospital en el que yo trabajo desde hace más de treinta años. Yo fui el primero en acogerte en mi regazo, después de que tu madre te viese y dijese que qué poco te parecías a ella (estaba equivocada, pero lo dejé pasar).
Tu hermano Damián te tuvo en sus brazos casi al momento de nacer, y ya te había saludado cuando a mamá le hacían las ecografías de control: él te conocía tanto como nosotros, y al mismo tiempo. Alberto estaba lejos, más allá del océano inmenso, pendiente de nuestras noticias. Él supo lo que podrías significar cuando nació su niña. Todos pensamos, entonces, lo importante que sería que os criaseis juntas y tuvieseis experiencias comunes, pues al fin y al cabo sois nuestra prolongación en vuestra nueva andadura.

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