viernes, 31 de octubre de 2008

Minerva

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26 / 10 / 2008.

Hace unos días comenté con un amigo que mi niña, Minerva, ha sido para nosotros un regalo del cielo. Y él me contestó que somos, su madre y yo, “su Cielo”, así, con mayúscula, con la fortuna de que “ella puede tocarlo cuando quiera”, a voluntad. He de confesar que su frase nos hizo reflexionar y nos ha enternecido.

Minerva tiene ahora diecinueve meses. Ya camina y corre, y juega, y habla con sus muñecos y con sus sueños, en una jerga que le es propia, como ocurre con la mayoría de los niños. No importa lo que se diga o le digan, pues los objetos y los juguetes cobran vida en su imaginación, sin que se sepa a ciencia cierta de dónde puede obtener tal capacidad para identificarlos; tal vez por el tacto o la vista, si se trata de un objeto; tal vez por recuerdos de su vida anterior a su venida. Porque, si no, ¿cómo puede convertir a una manta – “su mantita blanca” - de dibujos, de tersura suave y delicada, en algo imprescindible para sosegarse o quedarse dormida?; ¿o qué puede decir, como si se entendiesen, a sus diversos peluches y muñecos a los que es capaz reconocer y diferenciar por las onomatopeyas y seudónimos que cualquiera de casa pudo sugerirle, en un momento determinado?. Pues ya no precisa ver su imagen, ni tenerlos en las manos, para su identificación?.

Son diecinueve meses en los que nos ha llenado de dicha. Es una niña hermosa, de pelo tostado, no tan pelirrojo como el de su madre, suave como la seda y ligeramente rizado en las puntas, que le cae en discretísima melenita sobre la nuca y se le desliza sobre la frente, enmarcando un rostro de ángel con ojos de tono desigual. Porque mi niña tiene los ojos de tono diferente; uno, azul como los de su “Mamá”; el otro, de tono verdoso como la campiña en primavera. Su boquita, de labios carnosos, parece estar hecha para un beso continuado; cuando sonríe, lo que hace casi desde el momento de nacer, muestra unos dientecitos blancos y robustos que salpican su faz como si de copos de nieve se tratase.

Minerva llegó cuando nadie lo pensaba, a no ser su madre y yo, que luchamos por su nacimiento. No fue por egoísmo, sino para satisfacer un sentimiento muy especial (amar la vida dando vida), el hecho de haberle mostrado nuestra existencia, a sabiendas de que ella sabría disfrutarla. Lo teníamos todo en contra: nuestra diferencia de edad, ella bastante más joven que yo; las graves enfermedades que hemos tenido que superar; el embarazo de alto riesgo que su madre y ella sufrieron; la incertidumbre que a mí tanto me trastornaba... Hoy sabemos que no nos hemos equivocado, pues la vida le sonríe y ella sonríe a la vida, así dormida como despierta.

Cuando duerme, lo hace con toda la placidez de los angelotes (no encuentro una mejor imagen para describir su sueño, aunque los querubines, serafines y similares sean entes difíciles de referir); y cuando está despierta, el universo se colma de voces y ecos, como si los de la naturaleza fuesen insuficientes para satisfacer su propio significado.

Minerva era necesaria; su venida fue nuestro milagro; ella es el milagro. Es la luz que nos dirige en este nuevo y novedoso camino que hemos emprendido, a su lado, con ella.

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