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28 / 10 / 2008
Mi niña: hubo hace unos años un médico muy inteligente al que le gustaba, además de investigar sobre el cerebro, escribir y pensar sobre los hechos y fenómenos cotidianos. Se llamaba Santiago Ramón y Cajal. En un librito de máximas y pensamientos que tituló “Charlas de café”, dijo algo así como “para tener vida hay que crear vida”. ¿Lo entiendes?.
Por eso tu madre y yo nos animamos a tenerte; bueno, más bien a recibirte, porque dábamos por seguro que tú ya estabas allí, en algún sitio, esperando nuestro apoyo para facilitarte el camino. En una palabra: necesitábamos vida y te la dimos a ti, sabiendo de tu generosidad. Tu madre dice siempre que yo fui el generoso, pero se equivoca, porque esa propiedad es más de ella y tuya, pues os atrevisteis a tener un padre y un esposo mayor (en años), aún sabiendo que mi salud era precaria y que podía fallaros en cualquier momento. Claro que también hubo otro artífice de este evento tan importante: Aquel que te tenía reservada para nosotros; y que te quiere mucho, que lo sepas, y nos facilita Su reconocimiento a través de tu existencia. Así que todos agradecidos. Me consta que Él se regocija de haberte enviado a nuestro lado. ¿Por qué?, dirás tú; pues por algo muy sencillo; te lo diré aunque no sepas lo que significa “ser feliz”: desde que llegaste la casa se llenó de alegría, siempre es fiesta, aún cuando te enfadas o nos sentimos alicaídos; las palabras se nos han vuelto dulces y hablamos sin sobresaltos y cargados de diminutivos; las cosas son definidas con las palabras que tú podrías emplear en tu argot elemental; cuando nos damos cuenta nos preguntamos por qué hablamos tan bajito y tan suave, y por qué tendemos a acercarnos al suelo en lugar de permanecer erguidos como siempre hacíamos; y las sonrisas son nuestra mohín preferido; comenzamos a recordar las canciones de nuestra infancia, que ya estaban casi olvidadas y llenas de orín: las hemos desempolvado y suenan bastante bien.
En mi caso, has logrado que me sienta más crío que nunca; ojalá tus hermanitos hubieran tenido la oportunidad de conocerme con un comportamiento tan a su altura; pero era otra época y yo tenía que trabajar muchísimo para poder salir adelante, robándoles a ellos el tiempo para compartir sus juegos y sus preguntas, y a mí la posibilidad de saber lo que era criar a un hijo; aunque lo comprendo así, hoy me pesa haberme perdido su infancia y su juventud; hice lo que pude, pero mi conciencia me lo reprocha cada día.
Por todo ese conocimiento, por toda esa experiencia, hoy procuro pasar todo el tiempo posible a tu lado, para crecerme en tu progreso, para sentirte y para que me sientas, aunque te confundas y me llames “mamá” en muchas ocasiones. ¿Sabes que estando contigo el tiempo se me ralentiza, que mi vida transcurre más parsimoniosamente, que se me diluye el ansia, que no pienso en las enfermedades, sino en ver el modo de cargarme de salud y de buena energía para que lo compartamos durante muchos años?.
Eres mi vela, mi timón, mi brújula… Algún día te explicaré el significado de todos esos términos marineros. Y añado: eres el barco en el que quiero navegar para llevarte a buen puerto, pues conozco el lenguaje de las estrellas y sé reconocer las caricias de los vientos buenos; tú también acabarás conociéndolos.
28 / 10 / 2008
Mi niña: hubo hace unos años un médico muy inteligente al que le gustaba, además de investigar sobre el cerebro, escribir y pensar sobre los hechos y fenómenos cotidianos. Se llamaba Santiago Ramón y Cajal. En un librito de máximas y pensamientos que tituló “Charlas de café”, dijo algo así como “para tener vida hay que crear vida”. ¿Lo entiendes?.
Por eso tu madre y yo nos animamos a tenerte; bueno, más bien a recibirte, porque dábamos por seguro que tú ya estabas allí, en algún sitio, esperando nuestro apoyo para facilitarte el camino. En una palabra: necesitábamos vida y te la dimos a ti, sabiendo de tu generosidad. Tu madre dice siempre que yo fui el generoso, pero se equivoca, porque esa propiedad es más de ella y tuya, pues os atrevisteis a tener un padre y un esposo mayor (en años), aún sabiendo que mi salud era precaria y que podía fallaros en cualquier momento. Claro que también hubo otro artífice de este evento tan importante: Aquel que te tenía reservada para nosotros; y que te quiere mucho, que lo sepas, y nos facilita Su reconocimiento a través de tu existencia. Así que todos agradecidos. Me consta que Él se regocija de haberte enviado a nuestro lado. ¿Por qué?, dirás tú; pues por algo muy sencillo; te lo diré aunque no sepas lo que significa “ser feliz”: desde que llegaste la casa se llenó de alegría, siempre es fiesta, aún cuando te enfadas o nos sentimos alicaídos; las palabras se nos han vuelto dulces y hablamos sin sobresaltos y cargados de diminutivos; las cosas son definidas con las palabras que tú podrías emplear en tu argot elemental; cuando nos damos cuenta nos preguntamos por qué hablamos tan bajito y tan suave, y por qué tendemos a acercarnos al suelo en lugar de permanecer erguidos como siempre hacíamos; y las sonrisas son nuestra mohín preferido; comenzamos a recordar las canciones de nuestra infancia, que ya estaban casi olvidadas y llenas de orín: las hemos desempolvado y suenan bastante bien.
En mi caso, has logrado que me sienta más crío que nunca; ojalá tus hermanitos hubieran tenido la oportunidad de conocerme con un comportamiento tan a su altura; pero era otra época y yo tenía que trabajar muchísimo para poder salir adelante, robándoles a ellos el tiempo para compartir sus juegos y sus preguntas, y a mí la posibilidad de saber lo que era criar a un hijo; aunque lo comprendo así, hoy me pesa haberme perdido su infancia y su juventud; hice lo que pude, pero mi conciencia me lo reprocha cada día.
Por todo ese conocimiento, por toda esa experiencia, hoy procuro pasar todo el tiempo posible a tu lado, para crecerme en tu progreso, para sentirte y para que me sientas, aunque te confundas y me llames “mamá” en muchas ocasiones. ¿Sabes que estando contigo el tiempo se me ralentiza, que mi vida transcurre más parsimoniosamente, que se me diluye el ansia, que no pienso en las enfermedades, sino en ver el modo de cargarme de salud y de buena energía para que lo compartamos durante muchos años?.
Eres mi vela, mi timón, mi brújula… Algún día te explicaré el significado de todos esos términos marineros. Y añado: eres el barco en el que quiero navegar para llevarte a buen puerto, pues conozco el lenguaje de las estrellas y sé reconocer las caricias de los vientos buenos; tú también acabarás conociéndolos.

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