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19 / 11 / 08
Desde los tres últimos días te has venido encontrando nerviosa porque tu mantita (la “pantan”, como la llamas), tu talismán, se quedó olvidada en el coche de mami, y tu mami se fue lejos con ella, sin saber que se la llevaba.
Nos es difícil entender qué extraño efecto te produce la manta para inducirte paz, serenidad y confianza. Desde que la has echado en falta has dejado de dormir, te impresiona la oscuridad y lloras a moco tendido; llegaste a preocuparnos, pues pensamos que te estaba ocurriendo algo muy malo; nos tranquilizaba, sin embargo, ver que comías bien, que no tenías fiebre, ni catarro, ni tos, ni signos de dolor, ni alteraciones del ritmo intestinal, ni alucinaciones; todo el cuadro comenzaba cuando te correspondía irte a dormir, así de día como de noche, para mantener el ritmo de sueño y reposo al que estás habituada, y cesaba sólo con tu agotamiento físico, pero después de mantenernos a tu abuela y a mí en vela durante gran parte de la noche y en alerta a la madrugada y durante el día.
Llegamos a pensar que tenías una fobia al sueño, a la soledad, a la ausencia de mami, a la oscuridad, a determinados ruidos, ¡qué sé yo!
Mi niña, ¡es que los adultos somos muy necios! porque pensamos que los pequeñines no sentís de modo acertado y que, sin embargo - mira qué contradicción - vuestra capacidad de entendimiento es similar a la de los maduros. La verdad es que no solemos tener en cuenta, cuando nos angustiamos, lo que habitualmente debemos hacemos para que nos entendáis y colaboréis: descender a vuestro nivel y hablaros como si fuésemos niños, haciendo monerías y payasadas, arrastrándanos por el suelo, y montando mojigangas para arrancaros una sonrisa. Además, de modo habitual y acertado, siempre solemos ofreceros juguetes u objetos que llamen vuestra atención para, así, salirnos con la nuestra sin que os duela.
¡Y nada de todo esto hemos considerado, por mentira que te parezca!
Quiero decir que, si fuésemos un poco más avispados e inteligentes, acertaríamos más acerca de nuestra forma de actuar y reaccionar. No, pues no es así, nos vamos por los cerros de Úbeda y diagnosticamos una fobia donde sólo se manifiesta un sentimiento de falta, de ausencia de algo fundamental para el pequeño: ¡su chiche! ¿Por qué seremos tan poco coherentes y lógicos? Tú nos estabas indicando, con tu llanto, con tus gritos, algo muy básico y que nosotros no supimos interpretar en medio del jaleo que estabas armando: ¡algo faltaba a tu tacto, a tu contacto!
¿Te das ahora cuenta de lo importante que es tactar, tocar, acariciar, tal como te decía días atrás? Te estaban faltando las caricias de algo inanimado que, para ti, es capital para consolarte: tu manta de siempre, la que tiene emanaciones vivificantes que sólo tú captas, con la que te confortas, con la que te relajas, la que te induce el sueño.
Nosotros no supimos entenderte y te estábamos aplicando las deducciones de nuestra propia ignorancia y desespero. No supimos reparar en que cuando tú abrazas tu manta enseguida dices “ a mumí” y tú, solita, te diriges a la cuna, mientras que en estos tres días no lo habías dicho ni una sola vez, ni siquiera al darte otra mantita sustituta que la abuela te compró, aunque la suavidad de ésta fuese idéntica a la de que te faltaba. ¡Faltaba la tuya, y ya está!
Puede ser que ya empieces a distinguir los colores; de que distingues los dibujos y las siluetas no nos ha quedado duda ninguna; de hecho, la manta que faltaba es blanca con figuras de animales y la recién comprada es blanca y rosa con dibujos lineales.
Nos han quedado claras varias cuestiones con este suceso: que distingues algunos colores, que diferencias los dibujos, que notas los contrastes por el tacto, que sabes lo que quieres y que conoces un modo efectivo de demandarlo y exigirlo. ¡No está nada mal!.
Ha tenido que regresar mami de su viaje para traernos la pantán, para que todo se arreglase, pues la vida en casa, desde entonces, se ha normalizado, tú has vuelto a ser la niña encantadora que fuiste desde que naciste, y nosotros nos sentimos abochornados por nuestra ineptitud; pero, bueno, así nos has dado una lección que procuraremos no olvidar: debemos aprender a recapacitar antes de decidir, pues el nerviosismo y la prisa son malos consejeros para relacionarnos con los niños.
Después de todo, es admirable observar cómo vas evolucionando, mi niña.
19 / 11 / 08
Desde los tres últimos días te has venido encontrando nerviosa porque tu mantita (la “pantan”, como la llamas), tu talismán, se quedó olvidada en el coche de mami, y tu mami se fue lejos con ella, sin saber que se la llevaba.
Nos es difícil entender qué extraño efecto te produce la manta para inducirte paz, serenidad y confianza. Desde que la has echado en falta has dejado de dormir, te impresiona la oscuridad y lloras a moco tendido; llegaste a preocuparnos, pues pensamos que te estaba ocurriendo algo muy malo; nos tranquilizaba, sin embargo, ver que comías bien, que no tenías fiebre, ni catarro, ni tos, ni signos de dolor, ni alteraciones del ritmo intestinal, ni alucinaciones; todo el cuadro comenzaba cuando te correspondía irte a dormir, así de día como de noche, para mantener el ritmo de sueño y reposo al que estás habituada, y cesaba sólo con tu agotamiento físico, pero después de mantenernos a tu abuela y a mí en vela durante gran parte de la noche y en alerta a la madrugada y durante el día.
Llegamos a pensar que tenías una fobia al sueño, a la soledad, a la ausencia de mami, a la oscuridad, a determinados ruidos, ¡qué sé yo!
Mi niña, ¡es que los adultos somos muy necios! porque pensamos que los pequeñines no sentís de modo acertado y que, sin embargo - mira qué contradicción - vuestra capacidad de entendimiento es similar a la de los maduros. La verdad es que no solemos tener en cuenta, cuando nos angustiamos, lo que habitualmente debemos hacemos para que nos entendáis y colaboréis: descender a vuestro nivel y hablaros como si fuésemos niños, haciendo monerías y payasadas, arrastrándanos por el suelo, y montando mojigangas para arrancaros una sonrisa. Además, de modo habitual y acertado, siempre solemos ofreceros juguetes u objetos que llamen vuestra atención para, así, salirnos con la nuestra sin que os duela.
¡Y nada de todo esto hemos considerado, por mentira que te parezca!
Quiero decir que, si fuésemos un poco más avispados e inteligentes, acertaríamos más acerca de nuestra forma de actuar y reaccionar. No, pues no es así, nos vamos por los cerros de Úbeda y diagnosticamos una fobia donde sólo se manifiesta un sentimiento de falta, de ausencia de algo fundamental para el pequeño: ¡su chiche! ¿Por qué seremos tan poco coherentes y lógicos? Tú nos estabas indicando, con tu llanto, con tus gritos, algo muy básico y que nosotros no supimos interpretar en medio del jaleo que estabas armando: ¡algo faltaba a tu tacto, a tu contacto!
¿Te das ahora cuenta de lo importante que es tactar, tocar, acariciar, tal como te decía días atrás? Te estaban faltando las caricias de algo inanimado que, para ti, es capital para consolarte: tu manta de siempre, la que tiene emanaciones vivificantes que sólo tú captas, con la que te confortas, con la que te relajas, la que te induce el sueño.
Nosotros no supimos entenderte y te estábamos aplicando las deducciones de nuestra propia ignorancia y desespero. No supimos reparar en que cuando tú abrazas tu manta enseguida dices “ a mumí” y tú, solita, te diriges a la cuna, mientras que en estos tres días no lo habías dicho ni una sola vez, ni siquiera al darte otra mantita sustituta que la abuela te compró, aunque la suavidad de ésta fuese idéntica a la de que te faltaba. ¡Faltaba la tuya, y ya está!
Puede ser que ya empieces a distinguir los colores; de que distingues los dibujos y las siluetas no nos ha quedado duda ninguna; de hecho, la manta que faltaba es blanca con figuras de animales y la recién comprada es blanca y rosa con dibujos lineales.
Nos han quedado claras varias cuestiones con este suceso: que distingues algunos colores, que diferencias los dibujos, que notas los contrastes por el tacto, que sabes lo que quieres y que conoces un modo efectivo de demandarlo y exigirlo. ¡No está nada mal!.
Ha tenido que regresar mami de su viaje para traernos la pantán, para que todo se arreglase, pues la vida en casa, desde entonces, se ha normalizado, tú has vuelto a ser la niña encantadora que fuiste desde que naciste, y nosotros nos sentimos abochornados por nuestra ineptitud; pero, bueno, así nos has dado una lección que procuraremos no olvidar: debemos aprender a recapacitar antes de decidir, pues el nerviosismo y la prisa son malos consejeros para relacionarnos con los niños.
Después de todo, es admirable observar cómo vas evolucionando, mi niña.
