domingo, 14 de diciembre de 2008

Minerva

13

21 / 11 / 08

A veces te me quedas mirando, Minerva, como esperando que yo te diga algo concreto que tú deseas de un modo especial. Si mi silencio se prolonga, te disgustas y me dices “¡Papi, papi!...”, tirando de mi mano o de la pierna de mis pantalones. Me parece delicioso porque, si quieres que yo te corresponda con algo, me ofreces tus morritos para que yo te dé un piquito, mas si sólo quieres que yo me mueva y vaya contigo, no me ofreces el beso pero dices “Men!” (“ven!”), te me adelantas y miras hacia atrás para comprobar que yo te sigo, como si fuese nuestra perrita Caña; si me demoro, me ofreces las palmas de tus manos, agitas tus deditos y dices “Mamos, papi”, y si la demora es algo más larga de lo que tú esperas, pones las manos en jarras y me dices, como enfadada, “Uyyy, papi, uyyy”. Cuando, una vez superadas esas fases yo te obedezco, tú bates palmas como si de un premio se tratase y me sonríes, satisfecha. Pero lo que no sabes es que, realmente, el observarte así, haciéndome yo el remolón para luego seguirte, es un premio, pero para mí, chiquitina; yo soy el premiado

Hoy has estado muy graciosa cuando me pediste, una vez más, que te refiriese el cuento de los animales de la granja. ¡Los conoces a todos! Quise confundirte cuando intenté colarte un pajarito por el gallo o la rana por la tortuga, pero tú me corregiste cada vez; es evidente que ya no tragas con ruedas de molino. Ya sabes cómo ser tú misma.

Por eso quiero contarte, para corresponderte, el cuento del niño y el baúl de los disfraces. ¿Te parece? Pues vamos allá.

Érase, una vez, un niño, Belarmino, cuyo abuelo había sido payaso en un circo ambulante; al abuelo le llamaban “El Desco” (El Desconocido), porque no decía jamás su nombre; siempre parecía estar actuando, pues incluso en su vida diaria llevaba una roja nariz postiza, un sobrero de un verde exagerado y de tamaño diminuto, colocado al desgaire sobre su calva inmensa, y unos zapatos grandes, como para no caerse aunque se durmiera de pie; lucía una enorme sonrisa artificial que le cruzaba su cara redonda, de uno a otro lado, aparentando un balancín blanco chillón que le colgase de las orejas; por esta razón también le apodaban “El Columpio”. Su estrecha pelambrera de franciscano se le erizaba en las sienes y en la nuca, a modo de ridículo penacho, que le rodeaba el cráneo como una diadema horizontal, teñido de chillón color amarillo zanahoria.

Solía emplear una coletilla en sus espectáculos, y era “Esto es un descoco” – era lo único que acostumbraba a decir - pues se reía de sí mismo resumiendo sus motes; a la vez, movía agitadamente sus manos como si redoblase un tambor invisible cada vez que simulaba decir algo. Se decía que se pintaba aquella sonrisa escandalosa porque su alma estaba muy triste. Era un buen músico y tocaba un bandoneón que extendía y recogía haciendo verdaderas filigranas con el fuelle. Sorprendentemente, sus melodías solían ser alegres y estimulaba a los niños a participar en el ritmo, que marcaba con su cabeza y con los pies calzados en aquellos zapatos desportillados.

Cuando iniciaba su número, se hacía un silencio grande, más grande aún con su silencio pues, como sabes, sólo gesticulaba; lo que se suponían risas podrían ser gemidos; abría y cerraba la boca, como si cantase, a la par que su concertina se estremecía en sus manos.

Su traje estaba plagado de remiendos y adornos brillantes de diversos colores que refulgían como estrellas cuando le iluminaba la luz del cañón.

La verdad es que el público disfrutaba y todavía le recuerdan.

Belarmino, hijo de los malabaristas, era taciturno, tímido, diría yo. No solía participar en juegos con los amigos, pues estaba convencido de que siempre desentonaba. Sólo se sentía pleno cuando pensaba en su abuelo, ya desaparecido, al que adoraba. Creía no ser capaz de mantener una conversación convencional. Por eso tendía a aislarse en su propio mundo y en el de los animales. Sin embargo leía mucho sobre temas diversos y sabía muchas cosas.

Hasta que, un buen día, se encontró frente a una niña de más o menos su edad, en la que nunca había reparado y se enamoró locamente de ella. ¿Qué puedo hacer?, se preguntaba, y nunca hallaba una respuesta óptima a causa de su poquedad. Observó que a ella le gustaban los muñecos y las marionetas, y asistía a todas las sesiones que, para los niños del circo, desarrollaban los mayores detrás de la gran carpa rayada. Sus miradas se cruzaron varias veces y ella le sonreía.

Cada vez que ocurría un encuentro ente ellos, Belarmino, incrédulo, se ponía nervioso, se sonrojaba y se prometió cambiar para no dejar de sentir aquel guiño casi milagroso e inesperado. Así es que decidió convertirse en muñeco, en polichinela, para conquistarla, pues no se sentía capaz de seguirla volando cuando ella actuaba o ensayaba en el trapecio con sus padres. Se fue al remolque de la caravana de la familia en busca del viejo arcón del payaso.

Sacó todos los disfraces del baúl, los ordenó cuidadosamente, desempolvándolos y se los fue probando uno a uno, haciendo diferentes combinaciones para no repetirse cuando los vistiera. También probó los mejunjes y la bola de las narices, inventándose diferentes modos de pintarse el rostro para crear expresiones, a cada cual más extravagante.

A partir de aquel momento, cada vez que preveía coincidir con la niña, Belarmino procuraba lucir un atuendo diferente y una máscara distinta. Muy ufano y valiente, se atrevió, desde el primer momento, a aproximarse a la chica y hablarle pero, para su sorpresa, la niña le rechazaba continuamente y ya no había vuelto a sonreírle.

Desconcertado por aquel cambio de actitud, le preguntó por qué le rechazaba y no le miraba con el mismo afecto. Y ella le contestó algo que le dejó perplejo: “Porque tú no eres el niño que yo conocía y que tanto me gustaba; es que no se quién eres ni qué quieres aparentar”.

¿Puedes imaginarte, mi niña, la tremenda decepción de Belarmino y la sensación de fracaso y de tristeza que le invadieron el alma? ¿Y las de la niña, que tal vez sintiese cómo se le había ido una hermosa ilusión tras un disfraz inoportuno?

Piensa, cuando llegue seas mayorcita, en este relato, y te darás cuenta de lo importante que es que procures siempre ser tú misma en cada circunstancia, y manifestarte tal pienses, sin engaños ni disfraces, para que los demás podamos apreciar tu valía como ser humano y como persona. Sí es cierto que a veces has de ser prudente y contar hasta diez antes de manifestarte, pero si procuras estar siempre de acuerdo con tus principios y con lo que te dicte tu conciencia no habrás de temer al fracaso ni al error; y, si te equivocas, siempre estarás a tiempo de pedir perdón y enmendarte. Para no defraudarte a ti misma, no disfraces tus intenciones ni tus palabras; los demás no te rehuirán si tú no les pones trabas y, si a pesar de todo lo hacen, no te sientas mal, tal vez sean ellos los que tienen problemas de inteligencia. De ese modo, si eres sincera y respetuosa, lograrás que los demás, a los cuales importes, te consideren del mismo modo y te correspondan como te mereces: con afecto, deferencia y comprensión. No es necesario mentir para conseguir los fines buenos, mi vida.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Minerva

12

19 / 11 / 08

Desde los tres últimos días te has venido encontrando nerviosa porque tu mantita (la “pantan”, como la llamas), tu talismán, se quedó olvidada en el coche de mami, y tu mami se fue lejos con ella, sin saber que se la llevaba.

Nos es difícil entender qué extraño efecto te produce la manta para inducirte paz, serenidad y confianza. Desde que la has echado en falta has dejado de dormir, te impresiona la oscuridad y lloras a moco tendido; llegaste a preocuparnos, pues pensamos que te estaba ocurriendo algo muy malo; nos tranquilizaba, sin embargo, ver que comías bien, que no tenías fiebre, ni catarro, ni tos, ni signos de dolor, ni alteraciones del ritmo intestinal, ni alucinaciones; todo el cuadro comenzaba cuando te correspondía irte a dormir, así de día como de noche, para mantener el ritmo de sueño y reposo al que estás habituada, y cesaba sólo con tu agotamiento físico, pero después de mantenernos a tu abuela y a mí en vela durante gran parte de la noche y en alerta a la madrugada y durante el día.

Llegamos a pensar que tenías una fobia al sueño, a la soledad, a la ausencia de mami, a la oscuridad, a determinados ruidos, ¡qué sé yo!

Mi niña, ¡es que los adultos somos muy necios! porque pensamos que los pequeñines no sentís de modo acertado y que, sin embargo - mira qué contradicción - vuestra capacidad de entendimiento es similar a la de los maduros. La verdad es que no solemos tener en cuenta, cuando nos angustiamos, lo que habitualmente debemos hacemos para que nos entendáis y colaboréis: descender a vuestro nivel y hablaros como si fuésemos niños, haciendo monerías y payasadas, arrastrándanos por el suelo, y montando mojigangas para arrancaros una sonrisa. Además, de modo habitual y acertado, siempre solemos ofreceros juguetes u objetos que llamen vuestra atención para, así, salirnos con la nuestra sin que os duela.

¡Y nada de todo esto hemos considerado, por mentira que te parezca!

Quiero decir que, si fuésemos un poco más avispados e inteligentes, acertaríamos más acerca de nuestra forma de actuar y reaccionar. No, pues no es así, nos vamos por los cerros de Úbeda y diagnosticamos una fobia donde sólo se manifiesta un sentimiento de falta, de ausencia de algo fundamental para el pequeño: ¡su chiche! ¿Por qué seremos tan poco coherentes y lógicos? Tú nos estabas indicando, con tu llanto, con tus gritos, algo muy básico y que nosotros no supimos interpretar en medio del jaleo que estabas armando: ¡algo faltaba a tu tacto, a tu contacto!

¿Te das ahora cuenta de lo importante que es tactar, tocar, acariciar, tal como te decía días atrás? Te estaban faltando las caricias de algo inanimado que, para ti, es capital para consolarte: tu manta de siempre, la que tiene emanaciones vivificantes que sólo tú captas, con la que te confortas, con la que te relajas, la que te induce el sueño.

Nosotros no supimos entenderte y te estábamos aplicando las deducciones de nuestra propia ignorancia y desespero. No supimos reparar en que cuando tú abrazas tu manta enseguida dices “ a mumí” y tú, solita, te diriges a la cuna, mientras que en estos tres días no lo habías dicho ni una sola vez, ni siquiera al darte otra mantita sustituta que la abuela te compró, aunque la suavidad de ésta fuese idéntica a la de que te faltaba. ¡Faltaba la tuya, y ya está!

Puede ser que ya empieces a distinguir los colores; de que distingues los dibujos y las siluetas no nos ha quedado duda ninguna; de hecho, la manta que faltaba es blanca con figuras de animales y la recién comprada es blanca y rosa con dibujos lineales.

Nos han quedado claras varias cuestiones con este suceso: que distingues algunos colores, que diferencias los dibujos, que notas los contrastes por el tacto, que sabes lo que quieres y que conoces un modo efectivo de demandarlo y exigirlo. ¡No está nada mal!.

Ha tenido que regresar mami de su viaje para traernos la pantán, para que todo se arreglase, pues la vida en casa, desde entonces, se ha normalizado, tú has vuelto a ser la niña encantadora que fuiste desde que naciste, y nosotros nos sentimos abochornados por nuestra ineptitud; pero, bueno, así nos has dado una lección que procuraremos no olvidar: debemos aprender a recapacitar antes de decidir, pues el nerviosismo y la prisa son malos consejeros para relacionarnos con los niños.

Después de todo, es admirable observar cómo vas evolucionando, mi niña.

Minerva

11

15 / 11 / 08

Veo que ya sabes cuándo algo te gusta y cuándo no. ¿De verdad te estás fijando en qué importante es tener en cuenta las cosas nuestras, las de uno, y saber distinguirlas de las demás? Es bueno reconocerlas y seleccionarlas, entre otras, por dos razones: la primera, porque ya tienes conocimiento del yo, de tu yo y, la segunda, porque podrás valorar lo que es confiar en algo o en alguien.

Lo del yo es tan importante que unos hombres sabios consideraron, desde siempre, que el concepto del yo era sólo patrimonio del hombre, es decir, una de las señas de identidad más importantes del ser humano, que no poseen el resto de los animales (no digo de los vegetales, como seres vivos que son, porque muy poco o nada sabemos de su modo de sentir, si es que en su caso puede hablarse de sentimientos), seña, decía, a la que denominaron su mismidad; quiere ello decir que cada uno de nosotros sólo puede ser él mismo y no otro, ¿entiendes?: somos intransferibles.

Y dijeron más: que como el hombre era una creación directa de Dios, a su imagen y semejanza, tal privilegio del hombre era un atributo divino; a su vez, como la mujer fue creada a partir de una costilla del primer hombre (a él lo llamaron Adán y a ella, la primera mujer, Eva), también ella era fruto del mismo acto creativo. Es un relato muy hermoso de un libro de la Biblia, el primero de la colección de textos sagrados, aseguran que inspirados por Dios a sus autores, que constituyen el libro solemne de los judíos y los cristianos, llamado Génesis, es decir, “Origen”.

Te hablo de esta teoría, y no de otras, por ser ésta la que más de cerca vivirás en el futuro, seguramente – nuestra sociedad es extremadamente conservadora, como irás viendo -; las demás doctrinas también tienen su chispa imaginativa y tal vez una poética idéntica; yo considero que ninguna es mala, y que todas pueden sensibilizar al que las escuche, pero hemos de elegir una, necesariamente, para nuestra tranquilidad espiritual, o bien renunciar a todas; yo estoy convencido de que nadie es capaz de vivir con y en el vacío espiritual, pues siempre estamos buscando algo que nos vivifique.

En cuanto puedas razonar con fluidez, te encontrarás con una paradoja (¡hay muchísimas!), la más elemental, y es que ¡tanto el hombre como la mujer tenemos el mismo número de costillas: veinticuatro, doce a la derecha y doce a la izquierda! Entonces, pensarás, seguramente, o el hombre tenía al principio veinticinco costillas y la mujer veintitrés, o no es explicable, a la vista de nuestros conocimientos actuales, tal fenómeno creativo. Sin embargo, y como norma para el futuro, debes tener siempre en cuenta, mi niña, que en la Obra de Dios no caben errores, porque todo lo que Él ha creado ha de ser, y es, perfecto; así que ha de haber alguna explicación para todo esto, pero yo no puedo aclarártela, partiendo siempre, necesariamente, de que Dios existe, sea cuál sea su identidad.

A lo largo del tiempo irás comprobando que mis conocimientos adolecen de muchos agujeros y muchas lagunas, pero yo pondré toda mi voluntad en informarme (lo vengo haciendo desde que era muy niño) para ir descifrándotelos, en la medida de lo posible; espero me perdones cuando me atasque, como ahora. Tal vez tengamos que pedir ayuda muchas veces, porque pedir ayuda - esta es otra idea que debes valorar siempre - no nos envilece sino que nos enaltece; por tanto, no debemos tener vergüenza de nuestras limitaciones si queremos aprender un poco más cada vez, pues siempre habrá alguien que sabe mucho más que nosotros. Otro día te hablaré de la humildad y la soberbia, que no deben confundirse con el sometimiento ni con la timidez o el respeto.

Aunque ahora sea muy prematuro para ti, te contaré otra historia. Verás, hay otros sabios que dicen que dicho concepto del yo no es un atributo exclusivo del hombre, porque descubrieron que el chimpancé tiene la misma capacidad que el hombre para identificarse a sí mismo y a los de su raza si se le deja mirarse en un espejo o si ve fotografías de sus congéneres o de sí mismo; tú has logrado identificarte desde el primer día que te miraste en un espejo y cuando empezase a balbucear ya te llamabas “nené” a ti misma, al observarte; sin embargo, los chimpancés más inteligentes tardan más tiempo y suelen asustarse mucho cuando se ven a sí mismos por vez primera, aunque luego lleguen a habituarse, poco a poco.

Así que, al menos hasta ahora, como ves, ya somos dos especies las que tenemos tal facultad: los chimpancés y nosotros.

Para complicarlo más, otros sabios son capaces de desmenuzar a los seres vivos y penetrarlos y hurgar en las más profundas intimidades de sus células (que son las pequeñas entidades con vida propia de los que están constituidos los seres vivos, ¡pero no los más pequeños, no creas!) y llegaron a demostrar que entre el chimpancé y el hombre había más parecidos que diferencias, pues el 98 o 99 % de las cadenas del ADN eran iguales en ambos. O, lo que es lo mismo, que sólo el 1 a 2 % de los genes que constituyen el ADN marcan la diferencia entre los chimpancés y los hombres; es decir, que Dios parece que ha hecho un solo molde para los dos pero que, para diferenciarnos, o arrancó un cachito del ADN a los chimpancés para pegárnoslo a nosotros, o nos creó iguales a ambos y nos premió a los humanos con un extra de genes de los que privó a los chimpancés. Podríamos haceros la pregunta: ¿realmente Dios tiene el 98 o 99 % idéntico al chimpancé y sólo un 1 o 2 % similar al hombre?

Puedo adelantarte que los chimpancés no son monos, sino un “grandes simios”, como el gorila y el orangután, lo cual es muy diferente.

Pero tal vez todo sea más sencillo y llegaremos a entender, algún día, que el hombre y el chimpancé proceden de cunas diferentes, por lo que su futuro ha de ser diferente, en consecuencia; por tanto, la búsqueda de lo que los científicos llaman el eslabón perdido, que demostraría que el hombre procede de los monos, no tendría sentido, porque tal eslabón no existió nunca; ¿o sí, en una fase más primitiva de la evolución, como dirían los evolucionistas, en contra de los creacionistas? Es decir, que los creacionistas piensan que los monos y los hombres no son primos, sino especies diferentes; de hecho, nunca han podido mezclarse entre sí, como ocurre con la mayoría de las especies de animales (sólo en raros casos se ha logrado de forma natural), es decir, no puede concebirse a un mono-hombre ni a un hombre-mono. Tampoco sabemos si ese presunto más remoto origen común habrá podido existir alguna vez. Hasta hoy la ciencia no ha aportado más que datos contradictorios; y aunque los científicos siguen buscando y excavando, en su afán por saber más, quizás Dios no les permita jamás el hallazgo de esa posible conexión, sencillamente porque no ha existido nunca; ¿o sí?.

Hay algo de lo que todavía no te hablado, pero lo haré, para complementar lo que te he dicho hoy, en el momento oportuno: te hablaré del alma.

De cualquier modo, mi niña, yo sé que eres humana e idéntica a tu mamá y a mí, que llevas la mitad de los genes de cada uno de nosotros, que nos vas copiando gestos, miradas, actitudes, que poco a poco te vas forjando una personalidad, que será única, tuya y exclusiva, que irás conquistando poco a poco tu entorno y dándole, a la vez, mucho de ti, para conformarlo y que te conforme para así completar tus particularidades o singularidades, que son lo mismo pero que te harán propia y original. Progresivamente te irás forjando ese yo del que te hablaba e irás ganando confianza en ti misma y en lo que tu conciencia, todavía incipiente, te indique que será bueno o no tan conveniente para ti. Si eliges bien y aciertas con la opción oportuna, serás feliz y nos harás felices a todos; pero si te equivocas, no te angusties nunca, pues del error que se corrige procede gran parte del conocimiento humano, que sale especialmente reforzado por haber sufrido las consecuencias de ese mismo error. Alguna vez te dirán que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra; por experiencia podemos asegurarte que es totalmente cierto y casi, diría yo, necesario, para que las enmiendas se puedan realizar pronto o te puedas prevenir de los fallos posibles. Además, aquí estaremos, siempre que podamos, tu madre y yo, además de tus hermanos, ¿de acuerdo?.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Minerva

10

13 / 11 / 08

¡Ya sabes dar abrazos! No importa que los ofrezcas como respuesta a otro estímulo no compatible. Lo importante es que ya conoces el valor de un achuchón. Si tú supieras lo bien que me saben… Y más importante, todavía: ya empiezas a valorar el contenido de los míos, porque empiezas a buscarlos.

Verás: hay varios gestos en el ser humano que son fundamentales para una relación afectuosa, sobre todo si son compartidos y realizados sin meter mucho la razón por el medio. Son: los besos, los abrazos y las caricias. Fíjate, recuérdalo, que te estoy hablando de tocar, de tactar, de palpar, de contactar, de rozar; el ver, oir, oler, gustar, son otra cosa complementaria, aunque también muy importantes, claro. Hoy te hablo sólo de sentir por el tacto, tan importante cuando las otras demás cosas importantes están mermadas o estamos a oscuras, por ejemplo.

A veces se utilizan, también, como moneda de cambio, aunque no se sepas el significado de lo de “moneda de cambio”. ¿Te fijas que cuando quieres algo y me lo pides, o si yo te digo que no puede ser y tú lo deseas mucho, me dices “papi” y me ofreces tus morritos (me refiero al “beso de morrete”) o me acercas tu frente a mi cara y me dices “hummm” (tú lo entiendes como “dar un mimiño”), estás negociando conmigo el que yo me ablande y ceda a tu demanda? Aunque no siempre lo consigues, tú insistes, cada vez que se te ocurre, tercamente, como si supieras que insistir es lograr y lograr es el triunfo. Me recuerdas a alguien cuando actúas así. Pero yo me lo paso muy bien contigo, porque valoro tu progreso en el empleo de los sentimientos, y casi siempre acepto tu besiño o tu abrazo, y te premio. A veces, te chocará porque cambio el objeto de tus deseos; la razón, pequeniña, es que no siempre puedo darte lo que me pides, por no ser conveniente para ti, cuando hay otras muchas cosas buenas que también pueden satisfacerte y no contradicen la responsabilidad que tengo en enseñarte. Al fin y al cabo, de ese modo tan sutil consigo que tú no te vuelvas caprichosa y yo me convenzo de que hago lo correcto. Espero que me entiendas; lo mismo hacía tu amiga “Caña” con sus cachorritos, ¿sabes?; porque, al fin y a la postre, tú eres mi cachorrito precioso, pero un cachorrito humano que posee una interesante propiedad sobre los animalitos que tanto te gustan: que tienes una inteligencia superior y una razón que se está formando día a día.

Cuando te estabas desarrollando en el vientre de mami, aquel nido cálido y protegido del que, al nacer, perdemos casi todos el recuerdo, y te movías y revolvías para decirnos que estabas allí, yo anhelaba verte, no por tu físico, que ya me lo imaginaba, sino por el desarrollo de tu cerebro, como queriendo controlar el ensamblaje de tus neuronas y la limpieza de tus sinapsis, la coordinación de tus movimientos… Bueno, me estoy pasando; defecto profesional (“¡qué rollo patatero, papi!", dirías tú). Quiero decirte, simplemente, que mi gran preocupación era saber que te estabas desarrollando de una forma normal, como ha resultado ser, gracias e ese Ser superior del que poco a poco te iré hablando; si a eso le añadimos la belleza de la que has venido dotada, pues mejor que mejor, todos felices.

Por el tacto has llegado a sentir los latidos de mami cuando tuviste tu primer contacto con este mundo nuestro, y por él has llegado a distinguirnos de los demás que te aguardaban; si vieras la sorpresa que le diste a mamá cuando buscaste con tus labios el pezón que te ofrecía para mamar, y como sintió tu primera succión, te morirías de risa. Nunca supo decirme lo que realmente significó para ella aquel bautizo, pero lo recuerda como algo extraordinario y bonito.

Por el tacto has llegado también a conocer a Caña, y ella te aceptó desde el primer momento como un miembro nuevo de nuestra pequeña familia. Le gustan tus mimos, consiente que le toques las orejas y el rabo, cosa que a nadie más consiente sin huir o sin ladrar, porque sabe que, luego, le darás una caricia. En tu caso podemos asegurar que la perrita nunca se ha sentido celosa, tal vez porque nunca la hemos marginado de nuestro entorno. Hasta te acepta en su manta, como si fuera la cosa más normal del mundo, y hasta parece molestarse cuando nosotros, por higiene, te indicamos que no debes hacerlo, por tu bien.

También por el tacto has llegado a hacerte inseparable de tu osito dormilón, al que arropas con el embozo, cuando te acuestas en tu cuna, y al que relatas los cuentos que se te ocurren y los que recuerdas de nuestros ratos compartidos.

Por eso son importantes los abrazos, y los mimos, y las caricias, porque satisfacen a todos y te satisfacen a ti, sobre todo, Minerva.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Minerva

9

9 / 11 /2008

Hace dos días que has cumplido veinte meses. Felicidades. No te he escrito nada en tu diario. No he tenido tiempo, pues estaba dedicado a ti. Lo hemos pasado muy bien, ¿verdad?.

Ya hemos aprendido a jugar juntos, pero no compartimos los juguetes: ¡tú te los quedas todos! Casi no te das cuenta de que tus manitas tienen una capacidad limitada; o sí, pues te desesperas cuando no puedes abarcarlos todos, y es cuando pides ayuda.

He observado que tienes un cierto sentido del orden, porque, si no, ¿a qué venía tu desespero por corregir estrictamente la colocación de los cojines que habías bajado a suelo?; tal vez por ese detalle no ha valido la pena corregirte, pues te estabas esforzando en hacerlo bien, y era muy hermoso observarte. Yo soy persona de orden, me gustan las cosas en su sitio y que cada sitio sea el destino de una cosa; doy pocas oportunidades al azar, ya lo irás viendo. Pero pienso que exigirte excesivamente para que todo lo hagas bien puede agobiarte o cohibirte, y tampoco quiero eso; poco a poco tú misma irás viendo la necesidad de corregirte, y yo procuraré que lo entiendas como algo bueno y necesario, pues debes saber que el mejor método de enseñanza es predicar con el ejemplo, y ese es mi papel mientras viva.

Tal vez sea eso, la falta de ejemplos, la razón fundamental por la que los niños de ahora tienen tantos problemas para afiliarse a la sociedad y a la buena convivencia. Si los papás no nos preocupamos de enseñaros a discernir entre lo que es bueno y malo, lo que es adecuado o inadecuado, qué es el respeto, por ejemplo, si dejamos pasar esa oportunidad en la fase inicial de desarrollo de vuestra personalidad, os estamos haciendo un flaco favor. Luego, será fácil que los padres nos quejemos de los fracasos de los hijos, y tratemos de culpar a los demás de nuestra propia decepción y fracaso; porque es así, hija mía, si no aprovechamos la coyuntura mientras sois pequeñitos, si dejamos que vuestra oportunidad se nos pase, os estaremos malcriando y haciendo de vosotros algo que el día de mañana ni vosotros mismos querríais, pues os habremos despojado de vuestras capacidades y anulado la oportunidad de haceros personas de bien. Podría aplicarseos, entonces, aquel feo pero sabio dicho popular: “Cría cuervos, que te quitarán los ojos”. A mí no me gustaría que los ojos con los que te miro y admiro me fuesen arrebatados por no haber actuado con cordura y honestidad contigo.

Hay cosas fundamentales que te iré enseñando, y procuraré que ocurran en libertad por tu parte. Así, pues, el enseñarte no debes tomarlo nunca como una privación de tu autonomía o discernimiento. Para aprender a andar necesitaste ayuda, para aprender a utilizar palabras necesitaste oírnoslas a nosotros, para comer bien tuvimos que mostrarte cómo se hace, para sacar provecho de todo lo que tú vas descubriendo tuvimos que explicártelo de modo que lo entendieses; hoy sabes que hay belleza en tu entorno, porque tu otro Papá te la donó, para que la disfrutases en compañía de tu papi, de tu mami, de tus hermanitos y de los demás; hoy por hoy, siendo tan chiquitina como eres, distingues los sonidos y te gusta la música, porque te hacemos escucharla de vez en cuando, bailando cuando tú marcas el ritmo, como si fueses una directora de orquesta, con las manos, con la cabeza y con los pies. Por tanto, ¿por qué ha de ser malo seguir enseñándote, respetándote, viendo por dónde vas destacando a medida que aprendes?. Lo hacemos con amor y por amor, y tú lo descubrirás algún día. Si vieras cómo me acuerdo de lo mucho que me enseñó tu abueliño, y la cantidad de veces que lo evoco para agradecérselo; tal vez él haya sido uno de los hitos más importantes de mi vida. Y, ¿sabes?, me da mucha pena que se nos haya ido de nuestro lado un día antes de poder verte, pues el abuelo puso tu nombre en su boca antes de perder el conocimiento, tantas eran las ganas que tenía de verte crecer; él era muy creyente y practicante, así que hemos de estar tranquilos, pues estará, seguramente, en el mejor sitio que haya en el Cielo, protegiéndote, protegiéndonos.

Minerva, no puede decirse que tú seas egoísta aunque tengas un sentido tan posesivo de las cosas. Es normal, de momento. Poquito a poco irás viendo lo bonito que es compartir y, tal vez, dar. Pero sobre esto hablaremos más extensamente otro día, pues se trata de un asunto sumamente delicado, ¿te parece bien?.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Minerva

8

6 / 11 / 2008

Está un día extraño, ¿verdad? Me miras como preguntándome ¿por qué llora el cielo? Y no me extraña, pues aunque ya conoces la lluvia, ahora te lo planteas todo como una cuestión importante.

Verás, pequeniña, no es que el cielo llore lágrimas que caen y mojan, aunque sí lo parece. Tal vez no le faltasen motivos, si así fuese. Las gotas que ves son caricias húmedas, sí, todas ellas, así, en cantidad tan enorme, y cada una es como un beso tierno y fresco. Hacen bajar a la tierra la memoria de lo que ocurre allá arriba, en las nubes que cabalgan por el aire. Es bueno que así sea porque, si no ocurriese así, no brotarían las plantas, no habría frutos, pasaríamos hambre, no nacerían ni crecerían los animales y las personas nos aburriríamos porque pasaríamos la vida durmiendo a causa del calor agobiante que habría en el ambiente. Si no hubiese árboles, no habría sombra. Si no hubiese humedad, arderíamos por dentro. Es verdad que a veces ese fenómeno, el de la lluvia, cuando es torrencial, puede provocar inundaciones y hacer daño a los seres vivos, pero no es lo habitual, aunque hay que prevenirse, sobre todo en zonas y países de riesgo. A veces son las obras del hombre las que facilitan esos fenómenos tan desagradables.

Mas no debes tenerle miedo, más bien obsérvala y siéntela como algo bueno y necesario. Cuando se vaya, verás cómo el paisaje brilla más, los colores se hacen más intensos, el ambiente se limpia y toda la naturaleza lo celebra.

Si te fijas en mi, verás que cuando llueve tiendo mis manos con las palmas hacia arriba. Y es así porque siempre espero que me caiga un regalo, tal vez un mensaje, quizás una nueva palabra que me ayude a decirte “te quiero” con un lenguaje exclusivamente nuestro.

martes, 4 de noviembre de 2008

Minerva

7
Me he pasado horas leyendo hasta que tú despertaste. Y lo hiciste como siempre, llamando a papi, a mami, a Pipo y a Poo; cuando te respondí me dijiste "Men" y yo fui a tu lado.

El chupete lo tenías aplicado, como si fuese un cigarrillo, a la comisura de la boca, y lo mordías con fuerza: tu dentadura, aunque no te quejas por ello, sigue molestándote.

Mientras tu abuela te preparaba el desayuno yo te contaba el "cuento de la granja" y tú hacías un repaso memorístico de los animales que ya conocías, y aumentábamos alguno más, como cada día; hoy le tocó a la gallina y aprendiste a decir "cló-cló" y al "tator" (tractor); y aplaudiste, porque habías hecho otro descubrimiento, y yo me alegré, porque había añadido otra entidad a tus imágenes.

Ayer nos sorprendiste porque empezaste a hacer asociaciones: a un anuncio redondo le llamaste "mamón" (balón) y a una esfera con rayas le llamaste "loló" (reloj), y dijiste "Mami, mamos" (mami, vamos), y comenzaste a llamar a tu hermano mayor por el nombre que le concediste, "Aber" (Alberto). Eres estupenda. Cada día progresas un montón. Hasta Jana te entiende, aunque la llames "Caña", y acude a ti, sin dudarlo; ella te entiende. ¿Cómo te llamará, cuando te mira con aquellos ojitos de cordero degollado? ¡Hay que ver cómo se van estableciendo los códigos de entendimiento!. Estamos aprendiendo mucho a tu costa, mi niña.

Tampoco confundes los libros, aunque no sepas leer ni conozcas el lenguaje de los signos; parece que con las formas te basta, tal vez también con los colores, aunque no sepas diferenciarlos a no ser el "vede" (verde). Tampoco te confundes si los cambio de lugar en la estantería. ¿Es una casualidad?.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Minerva

6


Hoy hemos paseado por el malecón de Sada.

No puedes imaginarte lo mucho que ha cambiado esta villa marinera en los últimos años. Yo la recuerdo cuando todavía conservaba el encanto de una urbe que el turismo apenas conocía, con una playa hermosa y casi silvestre al pie de las casas y un puerto dedicado a la pesca de altura, abarrotado de colorido y olor a redes. Ahora, ha evolucionado económicamente para bien, pero ha ido perdiendo el sello de natural a favor del desmadre inmobiliario.

No quedan casas marineras, apenas, y sobran edificios con el esqueleto de acero y hormigón y revestimiento de ladrillos prefabricados. Las calles que yo recuerdo eran serenas, acogedoras; hoy son como las de cualquier pueblo picado por el abejorro de la nueva construcción; y no se ven marineros (¿dónde se meten, dónde se refugian?) entrando o saliendo de la faena, tal es la cantidad de visitantes forasteros y coches que plagan sus calles y sus muelles. Aún así, es una villa costera interesante.

Hacía un día tristón y yo no me encontraba en mi mejor jornada. Lo plomizo del cielo había contagiado a mi alma. Además, comenzaba a llover, aunque esto no debería asustarnos pues estamos en Galicia y es habitual que así sea, aunque tal como están cambiando el clima y las estaciones, nunca se sabe.

Tú ponías un toque gracioso y alegre cantando la tonada que más conoces, interpretando el “ía, ía, oh”, cuyo significado debes conocer muy bien, de tanto que la repites. Lograste que me sintiera diferente, casi contento, pues me hiciste ver que, según como uno valore cada circunstancia, así puede uno interpretarse a si mismo, y comencé a corear tu canción. Hicimos el regreso ejecutando un dúo.

Creo que tú te das cuenta de que tu “Papi” es variante, en su comportamiento, como tú lo eres, pero con unas preocupaciones diferentes. Y eso es bueno, porque podemos prestarnos una valiosa ayuda sin preguntarnos nada.

Cuando te miro, cuando me miras, los sentimientos fluyen y nuestras mentes se serenan. Tú no puedes sentirme triste, y yo no debo enturbiar tu serenidad y tu alegría. Tal vez por eso nos queremos tanto.

viernes, 31 de octubre de 2008

Minerva

5

30 / 10 / 2008

Tienes a tu madre muy preocupada. La causa: que lloras a gritos y te pones rígida cuando te enfadas, y parece que pegas cuando sacudes tus manitas, tal vez para decir que no estás de acuerdo. A mamá le falta experiencia y quizás no sea capaz, sin darse cuenta, de tener en cuenta que eres su primera hija y que le faltan las vivencias de las veteranas madres, que apenas se afectan, por lo mismo, con sus hijos. Debes aprender a perdonárselo, porque ella te ama; lo que pretende es enseñarte a medir tus impulsos, pero tú también eres demasiado pequeñita para comprenderla. Ambas debéis tener paciencia, ya veréis cómo llegáis a estar de acuerdo. Así seréis más felices y a mi me veréis más tranquilo; yo sé que eso será como te digo

Pequeniña: ¿verdad que gritas porque no sabes hablar?. ¿O tal vez copias el alto tono de voz de muchas personas que suelen hablarte, como si tú no pudieses oírles?. No saben que tu percepción es tan fina que se parece a la de nuestra perrita Jana cuando era un cachorrito; ahora ya es mayor y te considera a ti misma su cachorro, por eso se acaricia en tus piernas y te mira con ojos lánguidos y comprensivos cuando le tiras de las orejas o intentas agarrarle la alcachofa, gimiendo apenas cuando, en las mismas circunstancias, a cualquier otro le ladraría de verdad. Yo sé que le incomoda que le tiren de las orejas o del rabo. Y es reticente a las caricias excepto contigo. ¿Qué tipo de comunicación hay entre vosotras? ¿Sabes que al cambio de los humanos Jana tendrá unos setenta años?. ¿Y qué, pensarás tú, si mi papá también es mayor, y me quiere, y me comprende, y rueda por el suelo conmigo?

Voy a contarte un cuento.

Érase una vez una pareja de pájaros emigrantes que con amor lograron tener dos huevos que cuidaban en su nido hecho de barro y paja. Alborozados y felices, los papás vieron como un día sus huevos se rompían desde adentro y asomaban las cabecitas y los picos blandos de sus hijos, piando tan fuerte como tú lloraste cuando asomaste por la barriga de mamá al nacer; la diferencia entre ellos y tú está en que ellos tuvieron que luchar para salir, mientras que a ti te facilitamos el camino a costa de hacer una herida grande a mamá, de la que nunca se ha arrepentido desde que te vio por primera vez. Les ayudaron a desprenderse de los restos de la cáscara y les limpiaron el nido a diario, protegiéndoles día y noche para que otros animales no se los robasen y para que no se cayeran al suelo desde la rama alta donde anidaban.

Se turnaban en el nido para darles calor y cobijo, hiciese sol o lloviese, hiciese frío o calor, pues los pájaros pequeños no tienen cuna en donde alojarse ni mantita con la que cubrirse, como tienes tú.

Pasaban los días más rápido de lo que era de esperar y sus papás los alimentaban continuamente, turnándose en la labor, con gusanos, larvas e insectos para que se nutriesen y creciesen fuertes, pues en pocos meses comenzaría la emigración y tendrían que marcharse lejos, muy lejos, para sobrevivir.

Les crecieron las plumas y su color fue variando progresivamente hasta parecerse a las de sus papás. Ellos les enseñaron a salir del nido y a caminar sobre la rama y las ramas vecinas, para que perdiesen el miedo a ser autónomos y les mostraron cómo había que batir las alas para aprender a volar.

Pero ocurrió que uno de los pequeños fue obediente y se sacrificó siguiendo las enseñanzas de los papás, observando como los pajarillos de otros nidos y de otros papás hacían lo mismo; por el contrario, el otro hermano se mostró más vago y reticente, pues no quería salir a pasear por la rama ni ensayaba con las alas para hacer ejercicio, así que fue haciéndose cada vez más gordo.

Cuando llegó el momento de partir, éste último no fue capaz de ponerse en marcha: mientras que todos los demás daban pequeños vuelos para entrenarse, éste no hacía más que dormir y comer. Cuando la bandada decidió salir definitivamente, éste no fue capaz de levantar el vuelo. Sus papás, preocupados, le empujaban para espabilarle, pero él erre que erre, no quiso seguirles.

Tristes, sus padres y su hermano se retrasaron respecto a los demás, pues les daba pena que se quedara solo, pero ya en el horizonte asomaban las nubes negras y los días se hacían más cortos; la oscuridad tendía a cubrir el paisaje, los insectos escaseaban, las lombrices se escondían profundamente en la tierra y el viento ya no acariciaba, sino que hería porque llegaba a rachas frías. Así es que se tuvo que quedar solo en aquel nido que ya apenas le permitía guarecerse.

Sus papás y su hermano se fueron alejando, subiendo hasta las nubes, mirando atrás, compungidos, pero no podían hacer otra cosa si querían sobrevivir, a sabiendas de que el pajarito que se había quedado, por no querer sacrificarse, no tenía futuro y sucumbiría irremediablemente.

¿Has entendido el relato?. Es triste y alegre, a la vez, ¿verdad?. Yo te haría alguna pregunta al respecto, mi niña: ¿si fueses un pajarito, cuál de ellos te gustaría ser?, ¿cambiarías la seguridad y el futuro por la comodidad y la vagancia?, ¿te gustaría parecerte a tus padres y al otro pajarito o criarte a tu aire y perderte en ese mundo triste de la soledad y el desamparo?. Otras muchas podría hacerte, pero no quiero agobiarte; me doy por satisfecho por que me hayas escuchado.

Yo sé que eres inteligente y creo conocer tus respuestas. Tu madre y yo contamos contigo.

Minerva

4

29 / 10 /2008

He estado pensando en ti muy cerquita del mar. El mar, o la mar, me gusta porque es inmensa, porque es de color variante como lo son tus ojos, pues como ellos parece pretender engañar al cielo restándole mucho de su azul o de su verde y convertirse en joyas que salpican el aire; porque va y viene constantemente, en un ritmo difícil de seguir, como ocurre con tus juegos imprevisibles; porque parece vivir en un eterno y lento suspiro cuando sube y cuando se va, como haces tú cuando te duermes, aunque tu respiración lleva un ritmo más rápido y no suene tan sonora como las olas. Creo que eres como un mar sosegado que lame mi playa con la ternura de las ondas cargadas de espuma blanca.

Cuando crezcas pienso traerte a la playa, para que sientas la blandura de la arena y puedas perderte en el horizonte infinito, aquel en que el cielo y el mar se confunden; tal vez puedas recordar que tu pasado también es infinito y que te has aferrado a este presente para hacernos felices. La memoria crece con el silencio y la soledad, y estando cerca del mar, o la mar, el silencio se hace del agua y la soledad del aire sólo que, aunque con sus propios sonidos, invitan a la introversión y a conocerse uno por dentro, como si uno estuviese solo en el mundo.

A la orilla del mar, o de la mar, si cierras los ojos, te parecerá que alguien respira por ti y que la materia se hace muelle y te eleva, como si gravitases. Es una sensación que deseo mostrarte y que te sorprenderá. Te esperan muchas sorpresas, mi amor, y ojalá todas pudiesen ser placenteras; aún no siéndolo, verás que dependerá de tu estado de ánimo y de tu formación espiritual (no hablo de religiones, que te quede claro) el que te hagan más o menos daño. Por eso deseo poder vivir, para enseñarte las pocas cosas que he aprendido en mi vida, ya tan larga.

Minerva

3


28 / 10 / 2008

Mi niña: hubo hace unos años un médico muy inteligente al que le gustaba, además de investigar sobre el cerebro, escribir y pensar sobre los hechos y fenómenos cotidianos. Se llamaba Santiago Ramón y Cajal. En un librito de máximas y pensamientos que tituló “Charlas de café”, dijo algo así como “para tener vida hay que crear vida”. ¿Lo entiendes?.

Por eso tu madre y yo nos animamos a tenerte; bueno, más bien a recibirte, porque dábamos por seguro que tú ya estabas allí, en algún sitio, esperando nuestro apoyo para facilitarte el camino. En una palabra: necesitábamos vida y te la dimos a ti, sabiendo de tu generosidad. Tu madre dice siempre que yo fui el generoso, pero se equivoca, porque esa propiedad es más de ella y tuya, pues os atrevisteis a tener un padre y un esposo mayor (en años), aún sabiendo que mi salud era precaria y que podía fallaros en cualquier momento. Claro que también hubo otro artífice de este evento tan importante: Aquel que te tenía reservada para nosotros; y que te quiere mucho, que lo sepas, y nos facilita Su reconocimiento a través de tu existencia. Así que todos agradecidos. Me consta que Él se regocija de haberte enviado a nuestro lado. ¿Por qué?, dirás tú; pues por algo muy sencillo; te lo diré aunque no sepas lo que significa “ser feliz”: desde que llegaste la casa se llenó de alegría, siempre es fiesta, aún cuando te enfadas o nos sentimos alicaídos; las palabras se nos han vuelto dulces y hablamos sin sobresaltos y cargados de diminutivos; las cosas son definidas con las palabras que tú podrías emplear en tu argot elemental; cuando nos damos cuenta nos preguntamos por qué hablamos tan bajito y tan suave, y por qué tendemos a acercarnos al suelo en lugar de permanecer erguidos como siempre hacíamos; y las sonrisas son nuestra mohín preferido; comenzamos a recordar las canciones de nuestra infancia, que ya estaban casi olvidadas y llenas de orín: las hemos desempolvado y suenan bastante bien.

En mi caso, has logrado que me sienta más crío que nunca; ojalá tus hermanitos hubieran tenido la oportunidad de conocerme con un comportamiento tan a su altura; pero era otra época y yo tenía que trabajar muchísimo para poder salir adelante, robándoles a ellos el tiempo para compartir sus juegos y sus preguntas, y a mí la posibilidad de saber lo que era criar a un hijo; aunque lo comprendo así, hoy me pesa haberme perdido su infancia y su juventud; hice lo que pude, pero mi conciencia me lo reprocha cada día.

Por todo ese conocimiento, por toda esa experiencia, hoy procuro pasar todo el tiempo posible a tu lado, para crecerme en tu progreso, para sentirte y para que me sientas, aunque te confundas y me llames “mamá” en muchas ocasiones. ¿Sabes que estando contigo el tiempo se me ralentiza, que mi vida transcurre más parsimoniosamente, que se me diluye el ansia, que no pienso en las enfermedades, sino en ver el modo de cargarme de salud y de buena energía para que lo compartamos durante muchos años?.

Eres mi vela, mi timón, mi brújula… Algún día te explicaré el significado de todos esos términos marineros. Y añado: eres el barco en el que quiero navegar para llevarte a buen puerto, pues conozco el lenguaje de las estrellas y sé reconocer las caricias de los vientos buenos; tú también acabarás conociéndolos.

Minerva

2

27 / 10 / 2008

Mi niña: tienes dos hermanos. Son estupendos. Fíjate que pasaron tanta angustia como nosotros antes de tu venida. Pero te esperaban casi con la misma ilusión. Al fin y al cabo no habían tenido hermanas, hijas de su madre. Debes saber que tu papá había estado casado con otra mujer antes de hacerlo con tu mamá. Son sucesos que ocurren en la vida de las personas, como éste de que pueda haber dos mamás y un solo papá y que tu sangre sea la mitad idéntica a la de tus hermanos; de momento no podrías entenderlo; ya llegará la ocasión.

Minerva: tú habrías de ser la novedad ensoñada, la señal esperada, el deseo insatisfecho que se haría realidad. Y se han cumplido todas las expectativas: trajiste contigo las sonrisas y la paz, las miradas embobadas a los ojos de los adultos, el silencio discreto para no alborotarte y las palabras susurradas, los temores a que te quebrases, y las lágrimas de alegría ante cualquiera de tus gestos. Y supimos de tus ansias de teta, de lo imprescindible que te era el calor humano, y de tus eructos, y de tus pises, y de tus cacas. Todos aprendimos que las cacas de niño no dan asco y que sus eructos hay que celebrarlos con júbilo. Parece mentira, ¿verdad?.

Mi niña: tus hermanos tienen mucha más edad que tu; podrían ser tus padres. El mayor, tenía treinta y tres años, y el mediano (era el pequeño hasta entonces) veintiocho, cuando tú decidiste venir para quedarte. Te querían antes de llegar; te conocieron cuando te pudieron ver a través de una ecografía siendo tú un minúsculo ser que sólo, sólo latía; y te quieren ahora con locura: chochean por ti; les llegaste a poco; se les caía la baba cuando te mimaban y cuando les mirabas con tus ojitos todavía casi ciegos; y no te digo nada cuando suponían que les acariciabas con tus manitos apenas coordinadas, llenas de arrugas, o cuando olían ese aroma tan especial que tenéis los bebés, como a leche fresca o a violetas. Tanto, que mes y pico después de tu venida nació tu sobrinita Elena, allá en los Estados Unidos de América, ¡qué casualidad!, en tierras de Carolina del Norte. Ella nació por la vía en que nacen casi todos los niños, la “vía natural”; pero tu no pudiste hacerlo así, pues hubo que rasgar el vientre de tu mamá para que salieses por cesárea: antes que tu cuerpo asomara por la herida lo hicieron tu cabecita y tus morritos y, fíjate, comenzaste a gritar como saludando a todos los que allí estábamos, por si no nos habíamos dado cuenta de que llegaras.

Naciste a las once menos veinte (10.40 h) del día siete de marzo de 2007 en el hospital en el que yo trabajo desde hace más de treinta años. Yo fui el primero en acogerte en mi regazo, después de que tu madre te viese y dijese que qué poco te parecías a ella (estaba equivocada, pero lo dejé pasar).

Tu hermano Damián te tuvo en sus brazos casi al momento de nacer, y ya te había saludado cuando a mamá le hacían las ecografías de control: él te conocía tanto como nosotros, y al mismo tiempo. Alberto estaba lejos, más allá del océano inmenso, pendiente de nuestras noticias. Él supo lo que podrías significar cuando nació su niña. Todos pensamos, entonces, lo importante que sería que os criaseis juntas y tuvieseis experiencias comunes, pues al fin y al cabo sois nuestra prolongación en vuestra nueva andadura.

Minerva

1

26 / 10 / 2008.

Hace unos días comenté con un amigo que mi niña, Minerva, ha sido para nosotros un regalo del cielo. Y él me contestó que somos, su madre y yo, “su Cielo”, así, con mayúscula, con la fortuna de que “ella puede tocarlo cuando quiera”, a voluntad. He de confesar que su frase nos hizo reflexionar y nos ha enternecido.

Minerva tiene ahora diecinueve meses. Ya camina y corre, y juega, y habla con sus muñecos y con sus sueños, en una jerga que le es propia, como ocurre con la mayoría de los niños. No importa lo que se diga o le digan, pues los objetos y los juguetes cobran vida en su imaginación, sin que se sepa a ciencia cierta de dónde puede obtener tal capacidad para identificarlos; tal vez por el tacto o la vista, si se trata de un objeto; tal vez por recuerdos de su vida anterior a su venida. Porque, si no, ¿cómo puede convertir a una manta – “su mantita blanca” - de dibujos, de tersura suave y delicada, en algo imprescindible para sosegarse o quedarse dormida?; ¿o qué puede decir, como si se entendiesen, a sus diversos peluches y muñecos a los que es capaz reconocer y diferenciar por las onomatopeyas y seudónimos que cualquiera de casa pudo sugerirle, en un momento determinado?. Pues ya no precisa ver su imagen, ni tenerlos en las manos, para su identificación?.

Son diecinueve meses en los que nos ha llenado de dicha. Es una niña hermosa, de pelo tostado, no tan pelirrojo como el de su madre, suave como la seda y ligeramente rizado en las puntas, que le cae en discretísima melenita sobre la nuca y se le desliza sobre la frente, enmarcando un rostro de ángel con ojos de tono desigual. Porque mi niña tiene los ojos de tono diferente; uno, azul como los de su “Mamá”; el otro, de tono verdoso como la campiña en primavera. Su boquita, de labios carnosos, parece estar hecha para un beso continuado; cuando sonríe, lo que hace casi desde el momento de nacer, muestra unos dientecitos blancos y robustos que salpican su faz como si de copos de nieve se tratase.

Minerva llegó cuando nadie lo pensaba, a no ser su madre y yo, que luchamos por su nacimiento. No fue por egoísmo, sino para satisfacer un sentimiento muy especial (amar la vida dando vida), el hecho de haberle mostrado nuestra existencia, a sabiendas de que ella sabría disfrutarla. Lo teníamos todo en contra: nuestra diferencia de edad, ella bastante más joven que yo; las graves enfermedades que hemos tenido que superar; el embarazo de alto riesgo que su madre y ella sufrieron; la incertidumbre que a mí tanto me trastornaba... Hoy sabemos que no nos hemos equivocado, pues la vida le sonríe y ella sonríe a la vida, así dormida como despierta.

Cuando duerme, lo hace con toda la placidez de los angelotes (no encuentro una mejor imagen para describir su sueño, aunque los querubines, serafines y similares sean entes difíciles de referir); y cuando está despierta, el universo se colma de voces y ecos, como si los de la naturaleza fuesen insuficientes para satisfacer su propio significado.

Minerva era necesaria; su venida fue nuestro milagro; ella es el milagro. Es la luz que nos dirige en este nuevo y novedoso camino que hemos emprendido, a su lado, con ella.