13
21 / 11 / 08
A veces te me quedas mirando, Minerva, como esperando que yo te diga algo concreto que tú deseas de un modo especial. Si mi silencio se prolonga, te disgustas y me dices “¡Papi, papi!...”, tirando de mi mano o de la pierna de mis pantalones. Me parece delicioso porque, si quieres que yo te corresponda con algo, me ofreces tus morritos para que yo te dé un piquito, mas si sólo quieres que yo me mueva y vaya contigo, no me ofreces el beso pero dices “Men!” (“ven!”), te me adelantas y miras hacia atrás para comprobar que yo te sigo, como si fuese nuestra perrita Caña; si me demoro, me ofreces las palmas de tus manos, agitas tus deditos y dices “Mamos, papi”, y si la demora es algo más larga de lo que tú esperas, pones las manos en jarras y me dices, como enfadada, “Uyyy, papi, uyyy”. Cuando, una vez superadas esas fases yo te obedezco, tú bates palmas como si de un premio se tratase y me sonríes, satisfecha. Pero lo que no sabes es que, realmente, el observarte así, haciéndome yo el remolón para luego seguirte, es un premio, pero para mí, chiquitina; yo soy el premiado
Hoy has estado muy graciosa cuando me pediste, una vez más, que te refiriese el cuento de los animales de la granja. ¡Los conoces a todos! Quise confundirte cuando intenté colarte un pajarito por el gallo o la rana por la tortuga, pero tú me corregiste cada vez; es evidente que ya no tragas con ruedas de molino. Ya sabes cómo ser tú misma.
Por eso quiero contarte, para corresponderte, el cuento del niño y el baúl de los disfraces. ¿Te parece? Pues vamos allá.
Érase, una vez, un niño, Belarmino, cuyo abuelo había sido payaso en un circo ambulante; al abuelo le llamaban “El Desco” (El Desconocido), porque no decía jamás su nombre; siempre parecía estar actuando, pues incluso en su vida diaria llevaba una roja nariz postiza, un sobrero de un verde exagerado y de tamaño diminuto, colocado al desgaire sobre su calva inmensa, y unos zapatos grandes, como para no caerse aunque se durmiera de pie; lucía una enorme sonrisa artificial que le cruzaba su cara redonda, de uno a otro lado, aparentando un balancín blanco chillón que le colgase de las orejas; por esta razón también le apodaban “El Columpio”. Su estrecha pelambrera de franciscano se le erizaba en las sienes y en la nuca, a modo de ridículo penacho, que le rodeaba el cráneo como una diadema horizontal, teñido de chillón color amarillo zanahoria.
Solía emplear una coletilla en sus espectáculos, y era “Esto es un descoco” – era lo único que acostumbraba a decir - pues se reía de sí mismo resumiendo sus motes; a la vez, movía agitadamente sus manos como si redoblase un tambor invisible cada vez que simulaba decir algo. Se decía que se pintaba aquella sonrisa escandalosa porque su alma estaba muy triste. Era un buen músico y tocaba un bandoneón que extendía y recogía haciendo verdaderas filigranas con el fuelle. Sorprendentemente, sus melodías solían ser alegres y estimulaba a los niños a participar en el ritmo, que marcaba con su cabeza y con los pies calzados en aquellos zapatos desportillados.
Cuando iniciaba su número, se hacía un silencio grande, más grande aún con su silencio pues, como sabes, sólo gesticulaba; lo que se suponían risas podrían ser gemidos; abría y cerraba la boca, como si cantase, a la par que su concertina se estremecía en sus manos.
Su traje estaba plagado de remiendos y adornos brillantes de diversos colores que refulgían como estrellas cuando le iluminaba la luz del cañón.
La verdad es que el público disfrutaba y todavía le recuerdan.
Belarmino, hijo de los malabaristas, era taciturno, tímido, diría yo. No solía participar en juegos con los amigos, pues estaba convencido de que siempre desentonaba. Sólo se sentía pleno cuando pensaba en su abuelo, ya desaparecido, al que adoraba. Creía no ser capaz de mantener una conversación convencional. Por eso tendía a aislarse en su propio mundo y en el de los animales. Sin embargo leía mucho sobre temas diversos y sabía muchas cosas.
Hasta que, un buen día, se encontró frente a una niña de más o menos su edad, en la que nunca había reparado y se enamoró locamente de ella. ¿Qué puedo hacer?, se preguntaba, y nunca hallaba una respuesta óptima a causa de su poquedad. Observó que a ella le gustaban los muñecos y las marionetas, y asistía a todas las sesiones que, para los niños del circo, desarrollaban los mayores detrás de la gran carpa rayada. Sus miradas se cruzaron varias veces y ella le sonreía.
Cada vez que ocurría un encuentro ente ellos, Belarmino, incrédulo, se ponía nervioso, se sonrojaba y se prometió cambiar para no dejar de sentir aquel guiño casi milagroso e inesperado. Así es que decidió convertirse en muñeco, en polichinela, para conquistarla, pues no se sentía capaz de seguirla volando cuando ella actuaba o ensayaba en el trapecio con sus padres. Se fue al remolque de la caravana de la familia en busca del viejo arcón del payaso.
Sacó todos los disfraces del baúl, los ordenó cuidadosamente, desempolvándolos y se los fue probando uno a uno, haciendo diferentes combinaciones para no repetirse cuando los vistiera. También probó los mejunjes y la bola de las narices, inventándose diferentes modos de pintarse el rostro para crear expresiones, a cada cual más extravagante.
A partir de aquel momento, cada vez que preveía coincidir con la niña, Belarmino procuraba lucir un atuendo diferente y una máscara distinta. Muy ufano y valiente, se atrevió, desde el primer momento, a aproximarse a la chica y hablarle pero, para su sorpresa, la niña le rechazaba continuamente y ya no había vuelto a sonreírle.
Desconcertado por aquel cambio de actitud, le preguntó por qué le rechazaba y no le miraba con el mismo afecto. Y ella le contestó algo que le dejó perplejo: “Porque tú no eres el niño que yo conocía y que tanto me gustaba; es que no se quién eres ni qué quieres aparentar”.
¿Puedes imaginarte, mi niña, la tremenda decepción de Belarmino y la sensación de fracaso y de tristeza que le invadieron el alma? ¿Y las de la niña, que tal vez sintiese cómo se le había ido una hermosa ilusión tras un disfraz inoportuno?
Piensa, cuando llegue seas mayorcita, en este relato, y te darás cuenta de lo importante que es que procures siempre ser tú misma en cada circunstancia, y manifestarte tal pienses, sin engaños ni disfraces, para que los demás podamos apreciar tu valía como ser humano y como persona. Sí es cierto que a veces has de ser prudente y contar hasta diez antes de manifestarte, pero si procuras estar siempre de acuerdo con tus principios y con lo que te dicte tu conciencia no habrás de temer al fracaso ni al error; y, si te equivocas, siempre estarás a tiempo de pedir perdón y enmendarte. Para no defraudarte a ti misma, no disfraces tus intenciones ni tus palabras; los demás no te rehuirán si tú no les pones trabas y, si a pesar de todo lo hacen, no te sientas mal, tal vez sean ellos los que tienen problemas de inteligencia. De ese modo, si eres sincera y respetuosa, lograrás que los demás, a los cuales importes, te consideren del mismo modo y te correspondan como te mereces: con afecto, deferencia y comprensión. No es necesario mentir para conseguir los fines buenos, mi vida.
21 / 11 / 08
A veces te me quedas mirando, Minerva, como esperando que yo te diga algo concreto que tú deseas de un modo especial. Si mi silencio se prolonga, te disgustas y me dices “¡Papi, papi!...”, tirando de mi mano o de la pierna de mis pantalones. Me parece delicioso porque, si quieres que yo te corresponda con algo, me ofreces tus morritos para que yo te dé un piquito, mas si sólo quieres que yo me mueva y vaya contigo, no me ofreces el beso pero dices “Men!” (“ven!”), te me adelantas y miras hacia atrás para comprobar que yo te sigo, como si fuese nuestra perrita Caña; si me demoro, me ofreces las palmas de tus manos, agitas tus deditos y dices “Mamos, papi”, y si la demora es algo más larga de lo que tú esperas, pones las manos en jarras y me dices, como enfadada, “Uyyy, papi, uyyy”. Cuando, una vez superadas esas fases yo te obedezco, tú bates palmas como si de un premio se tratase y me sonríes, satisfecha. Pero lo que no sabes es que, realmente, el observarte así, haciéndome yo el remolón para luego seguirte, es un premio, pero para mí, chiquitina; yo soy el premiado
Hoy has estado muy graciosa cuando me pediste, una vez más, que te refiriese el cuento de los animales de la granja. ¡Los conoces a todos! Quise confundirte cuando intenté colarte un pajarito por el gallo o la rana por la tortuga, pero tú me corregiste cada vez; es evidente que ya no tragas con ruedas de molino. Ya sabes cómo ser tú misma.
Por eso quiero contarte, para corresponderte, el cuento del niño y el baúl de los disfraces. ¿Te parece? Pues vamos allá.
Érase, una vez, un niño, Belarmino, cuyo abuelo había sido payaso en un circo ambulante; al abuelo le llamaban “El Desco” (El Desconocido), porque no decía jamás su nombre; siempre parecía estar actuando, pues incluso en su vida diaria llevaba una roja nariz postiza, un sobrero de un verde exagerado y de tamaño diminuto, colocado al desgaire sobre su calva inmensa, y unos zapatos grandes, como para no caerse aunque se durmiera de pie; lucía una enorme sonrisa artificial que le cruzaba su cara redonda, de uno a otro lado, aparentando un balancín blanco chillón que le colgase de las orejas; por esta razón también le apodaban “El Columpio”. Su estrecha pelambrera de franciscano se le erizaba en las sienes y en la nuca, a modo de ridículo penacho, que le rodeaba el cráneo como una diadema horizontal, teñido de chillón color amarillo zanahoria.
Solía emplear una coletilla en sus espectáculos, y era “Esto es un descoco” – era lo único que acostumbraba a decir - pues se reía de sí mismo resumiendo sus motes; a la vez, movía agitadamente sus manos como si redoblase un tambor invisible cada vez que simulaba decir algo. Se decía que se pintaba aquella sonrisa escandalosa porque su alma estaba muy triste. Era un buen músico y tocaba un bandoneón que extendía y recogía haciendo verdaderas filigranas con el fuelle. Sorprendentemente, sus melodías solían ser alegres y estimulaba a los niños a participar en el ritmo, que marcaba con su cabeza y con los pies calzados en aquellos zapatos desportillados.
Cuando iniciaba su número, se hacía un silencio grande, más grande aún con su silencio pues, como sabes, sólo gesticulaba; lo que se suponían risas podrían ser gemidos; abría y cerraba la boca, como si cantase, a la par que su concertina se estremecía en sus manos.
Su traje estaba plagado de remiendos y adornos brillantes de diversos colores que refulgían como estrellas cuando le iluminaba la luz del cañón.
La verdad es que el público disfrutaba y todavía le recuerdan.
Belarmino, hijo de los malabaristas, era taciturno, tímido, diría yo. No solía participar en juegos con los amigos, pues estaba convencido de que siempre desentonaba. Sólo se sentía pleno cuando pensaba en su abuelo, ya desaparecido, al que adoraba. Creía no ser capaz de mantener una conversación convencional. Por eso tendía a aislarse en su propio mundo y en el de los animales. Sin embargo leía mucho sobre temas diversos y sabía muchas cosas.
Hasta que, un buen día, se encontró frente a una niña de más o menos su edad, en la que nunca había reparado y se enamoró locamente de ella. ¿Qué puedo hacer?, se preguntaba, y nunca hallaba una respuesta óptima a causa de su poquedad. Observó que a ella le gustaban los muñecos y las marionetas, y asistía a todas las sesiones que, para los niños del circo, desarrollaban los mayores detrás de la gran carpa rayada. Sus miradas se cruzaron varias veces y ella le sonreía.
Cada vez que ocurría un encuentro ente ellos, Belarmino, incrédulo, se ponía nervioso, se sonrojaba y se prometió cambiar para no dejar de sentir aquel guiño casi milagroso e inesperado. Así es que decidió convertirse en muñeco, en polichinela, para conquistarla, pues no se sentía capaz de seguirla volando cuando ella actuaba o ensayaba en el trapecio con sus padres. Se fue al remolque de la caravana de la familia en busca del viejo arcón del payaso.
Sacó todos los disfraces del baúl, los ordenó cuidadosamente, desempolvándolos y se los fue probando uno a uno, haciendo diferentes combinaciones para no repetirse cuando los vistiera. También probó los mejunjes y la bola de las narices, inventándose diferentes modos de pintarse el rostro para crear expresiones, a cada cual más extravagante.
A partir de aquel momento, cada vez que preveía coincidir con la niña, Belarmino procuraba lucir un atuendo diferente y una máscara distinta. Muy ufano y valiente, se atrevió, desde el primer momento, a aproximarse a la chica y hablarle pero, para su sorpresa, la niña le rechazaba continuamente y ya no había vuelto a sonreírle.
Desconcertado por aquel cambio de actitud, le preguntó por qué le rechazaba y no le miraba con el mismo afecto. Y ella le contestó algo que le dejó perplejo: “Porque tú no eres el niño que yo conocía y que tanto me gustaba; es que no se quién eres ni qué quieres aparentar”.
¿Puedes imaginarte, mi niña, la tremenda decepción de Belarmino y la sensación de fracaso y de tristeza que le invadieron el alma? ¿Y las de la niña, que tal vez sintiese cómo se le había ido una hermosa ilusión tras un disfraz inoportuno?
Piensa, cuando llegue seas mayorcita, en este relato, y te darás cuenta de lo importante que es que procures siempre ser tú misma en cada circunstancia, y manifestarte tal pienses, sin engaños ni disfraces, para que los demás podamos apreciar tu valía como ser humano y como persona. Sí es cierto que a veces has de ser prudente y contar hasta diez antes de manifestarte, pero si procuras estar siempre de acuerdo con tus principios y con lo que te dicte tu conciencia no habrás de temer al fracaso ni al error; y, si te equivocas, siempre estarás a tiempo de pedir perdón y enmendarte. Para no defraudarte a ti misma, no disfraces tus intenciones ni tus palabras; los demás no te rehuirán si tú no les pones trabas y, si a pesar de todo lo hacen, no te sientas mal, tal vez sean ellos los que tienen problemas de inteligencia. De ese modo, si eres sincera y respetuosa, lograrás que los demás, a los cuales importes, te consideren del mismo modo y te correspondan como te mereces: con afecto, deferencia y comprensión. No es necesario mentir para conseguir los fines buenos, mi vida.
